lunes, 14 de agosto de 2017

La Promesa
Las más grandes gracias reservadas para todos aquellos que tienen esta devoción, están contenidas en la promesa de la Santísima Virgen a la venerable hermana Clara Isabella:
"La divina Señora se dignó revelarme que cada alma que con confianza se presente delante de este cuadro -teniendo verdadero dolor y arrepentimiento- experimentará la contrición por sus pecados y obtendrá de su Divino Hijo el perdón. Más aún, mi Divina Señora me aseguró, con el amor de una verdadera madre, que garantizaría una especial devoción hacia Ella, a todos los que contemplaran esta imagen".
nuestra senora de la confianza
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domingo, 30 de julio de 2017

Tema de hoy

La oración.
La oración nos protege de todos los males y nos obtiene de Dios innumerables gracias y bendiciones, por eso nunca debemos dejar de rezar. Aunque no podamos rezar mucho, por lo menos tenemos que rezar todos los días las Tres Avemarías que son prenda de salvación eterna.
Con la oración se vencen las tentaciones del Maligno y se pasa al contraataque. Con la oración dominamos nuestras pasiones y obtenemos paz en la mente y el alma, paz para nuestra familia y para el mundo entero.
La oración tiene en el bien un poder inmenso. Ya dice San Alfonso María de Ligorio que el que reza se salva, y el que no reza se condena. Y esto es la pura verdad. Si queremos salvarnos del Infierno eterno, es necesario que oremos mucho, todos los días. Debemos ser perseverantes en la oración, aunque haya días en que no sintamos ninguna devoción ni ningún atractivo por la oración, igual tenemos que rezar. Es más, es justo en esos momentos en que necesitamos rezar más, tomando el ejemplo de Jesús, que en los momentos de mayor tentación oraba con más intensidad.
Dios ve el futuro de todas sus criaturas, ve nuestro futuro y ha preparado gracias para socorrernos en todos los acontecimientos que nos sucedan en esta vida. Pero ha condicionado el darnos estas gracias, a que nosotros se las pidamos a través de la oración. Por eso si no rezamos, perderemos muchísimos auxilios divinos y arriesgaremos nuestra salvación eterna. Pensemos en Jesús y en María, que pasaban muchas horas en oración, ¡y ellos eran los que menos las necesitaban, pues Uno era Dios, y la Otra, la Madre de Dios! Sin embargo pidieron incesantemente todo a Dios a través de la oración. ¿Y nosotros queremos ser superiores a ellos? No nos dejemos engañar por Satanás y recemos mucho todos los días.
¡Ave María purísima!
¡Sin pecado concebida!

Mensaje eucarístico

Visita diaria.
Cuando vamos a hacer la visita diaria de quince minutos al Sagrario, nos encontramos con el Emmanuel, que traducido significa “Dios con nosotros”. Y es que allí está Jesús Sacramentado que es Dios con nosotros. Él es Dios además de hombre, y no contento con haber escondido su Divinidad en su humanidad, ahora también esconde su humanidad bajo las apariencias del pan. Él es el Divino Escondido que quiere manifestarse a nosotros. Pero para encontrarlo debemos ser constantes en ir todos los días a hacerle la visita de quince minutos, aunque no tengamos ganas, aunque cuando estemos frente a Él estemos más secos que un corcho y con menos devoción que una piedra, ¡no importa!, ¡a perseverar! y a maravillarnos por los frutos que obtendremos.
¡Viva Jesús Sacramentado!
¡Viva María, su Madre Inmaculada!

lunes, 24 de julio de 2017

Lectura espiritual

Ejemplo 11.
La nieta que salvó a su abuelo
En un lugar del Perigord (Francia), ejercía su profesión un médico, a quien nadie hacía referencia por su propio nombre, sino al que todos llamaban “el buen Doctor”.
Y en verdad merecía este título, porque era realmente bueno con todos, y, sobre todo, con los pobres.
Sin embargo, el doctor no era un hombre religioso.
No es que fuese descreído. No llegaba a tanto. Más bien era “indiferente”.
Así, se daba el caso de que desde la fecha lejana de su matrimonio no se había preocupado de recibir los sacramentos...
Los muchos años y la excesiva actividad profesional desarrollada postraron al doctor en el lecho, con irreparable agotamiento. Toda esperanza de curación quedaba descartada.
¡Y “el buen Doctor” iba a morir en la impiedad!
Este pensamiento y temor torturaba el corazón de una nieta que le acompañaba en aquella ocasión. La niña era un ángel de dulzura y de piedad. Sentada junto al enfermo, lo entretenía y cuidaba. Y mientras descansaba el anciano, dirigía con lágrimas esta plegaria al cielo:
“¡Oh, Virgen buena, Vos que sois todo misericordia y todo lo podéis, moved a penitencia el corazón de mi abuelo!
No permitáis, santa Madre de Dios, que muera sin auxilios espirituales.
En Vos, Madre mía, tengo puesta toda mi confianza.”
Y tras de esa oración rezaba las tres Avemarías...
Una tarde, con el fin de distraer a su abuelo, la niña empezó a pasar revista al contenido de una gran cartera donde aquél había ido dejando recuerdos de pasados tiempos... Sus ojos se detuvieron en un sobre viejo, y exclamó:
–Una antigua carta, abuelo. ¿De quién será que la habéis conservado?...
El anciano le respondió:
–Léela y haremos memoria.
Y la joven leyó:
“Mi querido ahijado: ¡Cuánto siento no poder abrazarte antes de que te marches a París!, pero me es imposible ir a verte. Estoy atada a la cama por mi reumatismo. Seguramente no volverás a ver aquí abajo a tu vieja madrina, y por esto te pido escuches mis consejos, que serán los últimos.
Tú sabes que París ha sido siempre un abismo, y ante ese peligro tiemblo por ti. Sé un hombre fuerte, de buen temple, firme en la fe. Permanece fiel al Dios de tu bautismo, que has de ver en la eternidad... Yo te pongo bajo la protección de la Santísima Virgen María, y te recomiendo encarecidamente seas constante en las prácticas de piedad que desde muy niño tuviste de rezar mañana y noche las tres Avemarías...
Rogará por ti tu madrina, que te estrecha fuertemente sobre su corazón...”
La carta que tenía fecha de hacía cuarenta y ocho años, produjo una honda emoción al doctor.
Rememoró los años despreocupados de su juventud, sus extravíos y ligerezas, su apartamiento de los actos de culto y el abandono de sus devociones.
Pensó también en sus tareas profesionales y en su vida familiar y se detuvo recordando a su bondadosa madrina, que murió a los pocos meses de escribir aquella carta. Ella le había enseñado a rezar las tres Avemarías en su infancia...
Sintió el doctor un vivo impulso de gratitud hacia esa mujer buena, cuyos buenos consejos no siguió. Y mirando tiernamente a la nieta, balbuceó:
–¡Por mi madrina!... Dios te salve, María...
Y rezó las tres Avemarías juntamente con la nieta, que, con íntimo gozo, sonreía y lloraba a la vez.
¡Estaba ganado para Dios “el buen Doctor”!...
–Llama al Padre –dijo el enfermo–, porque he de contarle estas cosas.
Acudió el sacerdote diligentemente, y el doctor hizo su confesión con singular fervor.
Al día siguiente empeoró alarmantemente y hubo que administrarle el Santo Viático... Con paso acelerado se aproximaba a la muerte.
Tomó “el buen Doctor” con dificultad una mano de su nieta y, haciendo un gran esfuerzo, le dijo:
–Esto se acaba..., reza conmigo las tres Avemarías...
Al terminar la tercera Avemaría expiró dulcemente.
(P. Didier de Cre, O. F. M. Cap.)

sábado, 22 de julio de 2017

Arma corta.

coronilla de la misericordia
Ver cómo se reza la Coronilla
Un arma corta, pero de largo alcance (espiritualmente hablando) es la Coronilla de la Misericordia.
Es una oración corta pero que tiene un poder muy grande para alcanzar la Misericordia divina y obtener favores y gracias de todo tipo.
Cuando estemos tristes o cansados, abatidos o con dudas, enojados o temerosos, empuñemos el rosario en nuestras manos y recemos esta Coronilla de la Misericordia, que volverá la paz a nuestras almas, y además de que seremos consolados por Dios, obtendremos favores admirables para nosotros y para quienes amamos.
Pero dejemos que sea el mismo Señor Jesucristo quien nos hable de los beneficios que trae el rezar con frecuencia la Coronilla.
He aquí las palabras del Señor a Santa Faustina Kowalska:
“Por el rezo de este Rosario, me complace dar todo lo que me pidan. Quien lo rece, alcanzará gran Misericordia en la hora de su muerte. Aunque sea un pecador empedernido, si reza este Rosario, aunque sea una sola vez, logrará la gracia de mi infinita Misericordia”. 
“Cuando los pecadores recen este Rosario, llenaré sus almas de tranquilidad, y será feliz la hora de su muerte. No les afectará el temor. Mi Misericordia les amparará en esta última lucha”. 
“Defenderé como Mi gloria a cada alma que rece esta coronilla en la hora de la muerte, o cuando los demás la recen junto al agonizante, quienes obtendrán el mismo perdón. Cuando cerca de un agonizante es rezada esta coronilla, se aplaca la ira divina y la insondable misericordia envuelve al alma y se conmueven las entrañas de Mi misericordia por la dolorosa Pasión de Mi Hijo"
"Cuando recen este Rosario al lado del moribundo, me pondré entre el Padre y el alma moribunda, no como justo Juez, sino como Redentor Misericordioso".
"A las almas que recen esta coronilla, Mi misericordia las envolverá en vida y especialmente a la hora de la muerte".
"Hija mía, anima a las almas a rezar la coronilla que te he dado. A quienes recen esta coronilla, Me complazco en darles lo que Me pidan. Cuando la recen los pecadores empedernidos, colmaré sus almas de paz y la hora de su muerte será feliz".
“Los Sacerdotes ofrezcan este Rosario a los pecadores, como el último socorro”. 
"Oh, ¡qué enorme caudal de gracias derramaré sobre las almas que recen esta Coronilla! Las entrañas de mi Misericordia se enternecen por aquellos que rezan la Coronilla. Anota estas palabras, hija Mía, habla al mundo de Mi misericordia para que toda la humanidad conozca la infinita misericordia Mía. Es una señal de los últimos tiempos, después de ella vendrá el día de la justicia. Todavía queda tiempo, que recurran, pues, a la Fuente de Mi Misericordia, se beneficien de la Sangre y del Agua que brotó para ellos".
Para saber cómo se reza la Coronilla: CLICK AQUÍ

sábado, 15 de julio de 2017

Pequeños sacrificios.

Santa Teresita
Basados en las palabras de Jesús que nos ha dicho en su Evangelio que quien sea fiel en lo pequeño, también será fiel en lo grande; tenemos que acostumbrarnos a realizar pequeños sacrificios, pequeñas renuncias y vencimientos, para estar preparados por si alguna vez tenemos que hacer grandes renuncias o sacrificios, e incluso por si nos tocara el mismo martirio.
Este camino de los pequeños sacrificios lo recorrió Santa Teresita, y nos lo enseña a nosotros.
Consiste en hacer pequeñas cosas por amor, para vencernos y con espíritu de caridad.
Por ejemplo tenemos sed y nos servimos un vaso de agua, pero esperamos cinco minutos para beberla.
Nos llega una carta o un email, y esperamos una hora para leerlo.
La tecnología actual nos permite también ejercitarnos en el autodominio y así podemos evitar la curiosidad, y si conviene de vez en cuando pasar delante de una vidriera y no mirar, también podemos hacer otro tanto en Facebook, quizás postergando el ingreso por un par de horas.
Son cosas simples, como privarse de un bocado más de comida, o del postre, sabiendo que con esa renuncia un hermano nuestro recibirá alimento en alguna parte, porque todo está relacionado en la economía de la salvación, y lo que nos privamos de hacer por amor, otro hermano se beneficia de ello.
Por ejemplo si pasamos frente a un escaparate que nos llama la atención y, por amor hacemos el pequeño sacrificio de pasar de largo sin detenernos a mirar, entonces quizás alguna persona en alguna parte evite una mirada de codicia, mirada que le puede llevar a hacerse ladrón y luego asesino.
Los pequeños sacrificios nos ayudan a ir adquiriendo las virtudes y el dominio personal, y como no son grandes cosas, no nos puede venir de ellos ninguna soberbia, puesto que son cosas pequeñas y el diablo no puede tentarnos con el orgullo.
En lugar de estar recostados en el sillón favorito, sentémonos en una silla común, al menos por un rato. Y así tenemos miles de oportunidades de ir haciendo estas pequeñas y fructíferas renuncias durante el día, recordando que no queda todo en el acto mismo, sino que tiene repercusiones en todo el cuerpo místico, en toda la humanidad, porque el bien que hacemos es como una piedra arrojada al lago, que produce ondas concéntricas que van cada vez más lejos, y ni siquiera sabemos hasta dónde llegaremos con la influencia de esa buena obra o pequeña renuncia.
Es un juego del amor, porque con esas nimiedades le demostramos al Señor que lo amamos, y que amamos a los hombres. Y además, como realizamos estos pequeños sacrificios muchas veces en el día, esto nos ayuda a tener más presente a Dios en el transcurso del día, viviendo en su presencia, y amándolo, que de eso se trata la vida cristiana.

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