viernes, 22 de abril de 2016

Ser santos

La voluntad de Dios es que seamos santos
En el Antiguo Testamento Dios nos dice: “Sed santos porque yo soy Santo”. Y en el Evangelio Jesús nos dice que seamos perfectos como el Padre Celestial es perfecto. Esta es la medida de la santidad que debemos alcanzar, la santidad de Dios, es decir, infinita.
Por supuesto que esto no se logra con las solas fuerzas humanas, sino con la ayuda de la gracia de Dios que, obrando en nosotros y con nosotros, nos lleva a las más altas cumbres de la santidad.
¿Y cómo llegaremos a ser semejantes en santidad al mismo Dios? Porque Dios estará en nosotros, y se cumplirá aquello de San Pablo: “Ya no soy yo quien vivo, sino que es Cristo quien vive en mí”. También Jesús ha dicho que si lo amamos, el Padre también nos amará y vendrán y harán morada en nosotros.
Entonces ¿es posible ser santo? No solo que es posible, sino que tenemos la obligación de ser santos. Porque en la vida espiritual no hay estancamientos, o se avanza o se retrocede, pero nunca uno queda en el mismo lugar. Así que para no retroceder es necesario avanzar siempre, de virtud en virtud, con humildad pero también con valentía, hasta llegar a amar con toda el alma a Dios, que eso es la santidad.
Para construir una casa comenzamos por los cimientos, luego las paredes, el techo, las puertas y ventanas, y todo lo demás. También para ser santos tenemos que comenzar por reconocer nuestra nada, y así cavar hondo para echar los cimientos, y esto se logra con la humildad. Debemos convertirnos, hacer una buena confesión, tal vez general, y empezar a luchar contra el pecado mortal. Luego seguiremos el combate con los pecados leves y las imperfecciones, y también iremos tratando de adquirir las virtudes y vencer los vicios.
Ya lo dice Job: “Es milicia la vida del hombre sobre la tierra”, y si queremos ser santos, tenemos que prepararnos para la lucha, porque el demonio no querrá eso. Él quisiera que ni pensemos en ser santos, para que viviendo cada vez peor, al final nos precipitemos al Infierno donde él espera torturarnos por toda la eternidad.
Abramos los ojos y quitemos el polvo de las armas espirituales que hasta ahora casi no hemos utilizado, que son la oración, la vigilancia, la penitencia, los sacramentos, los sacramentales y la Palabra de Dios. Lancémonos a la conquista del Monte de la Santidad, que el Cielo que nos espera merece que nos esforcemos en un duro combate.

miércoles, 20 de abril de 2016

No se puede amar a quien no se conoce
Es imposible conocer a fondo a Jesús y no amarlo, si se hace con un corazón bien intencionado.

Autor: Oscar Schmidt | Fuente: www.reinadelcielo.org

¿Nunca te ha pasado que te formas un preconcepto sobre alguien, y cuando lo llegas a conocer a fondo te sorprendes de lo absolutamente distinta que es en realidad esa persona?. A veces lo que sientes es mejor que lo que esperabas, y otras veces te decepcionas, porque habías generado mayores expectativas. Pero en cualquier caso lo que sientes ahora es a una persona distinta, totalmente distante de la imagen que te habías figurado.
Imagínate ahora que hablamos de Jesús, nuestro Dios. ¿Cuán a fondo lo conoces?. ¿Te atreves a decir que tienes una cercanía con El que te permita sentirlo vivo, presente, familiar, como El realmente es?.
¿Cómo podemos amar a Cristo, si no nos esforzamos en conocerlo?. Cristo es la fuente del amor infinito, imagínate cuanto más podrás amarlo si lo conoces a fondo, como El realmente es.
Enamorarse de Jesús es la consecuencia lógica de conocerlo, de interesarse por El.
Para llegar a conocer a Cristo en profundidad puedes elegir varios caminos, pero la manera más perfecta y directa es a través de la lectura de los Evangelios. Su Vida entre nosotros es Su mayor testimonio de amor. Pero también estudiando la vida de muchos santos se llega a conocer a Cristo. ¿Por qué?. Simple: cuando uno entiende que Jesús se dio de forma abierta y amorosa a las almas que se abrieron humildemente a El, comprende también que ese amor está disponible para cualquiera que quiera ir a gozarlo. Y cuando el Señor da, da a mano abierta. Se manifiesta como un enamorado de Sus hermanos aquí, se brinda sin límites. Es entonces que uno toma conciencia que Jesús nos mira, y nos espera todo el tiempo. Siempre atento a un gesto nuestro, a un saludo, a un pensamiento. Un eterno enamorado de nuestra alma, que espera pacientemente ser reconocido, ¡Y es nuestro Dios!.
Es imposible conocer a fondo a Jesús y no amarlo, si se hace con un corazón bien intencionado. El amor crecerá entonces como consecuencia lógica de entender que El está allí, esperando que lo descubramos y le abramos nuestras puertas a Su amor.
¡Leemos y nos interesamos por tantas cosas intrascendentes en nuestra vida!. Busquemos, por una vez, en el lugar correcto.
Jesús nos está esperando, quiere que nos hagamos primero Sus amigos, para luego enamorarnos perdidamente de El, nuestro Dios.  

Mensaje de confianza

¡Confianza, confianza!
Voz de Cristo, voz misteriosa de la gracia que resuenas en el silencio de los corazones, tú murmuras en lo más hondo de nuestras conciencias palabras de dulzura y de paz. A nuestras presentes miserias repites aquella palabra que el Maestro pronunciaba tan frecuentemente durante su vida mortal: “¡Confianza, confianza!”
(De "El Libro de la Confianza", P. Raymond de Thomas de Saint Laurent)
Comentario:
Muchos milagros de Jesús en el Evangelio fueron obtenidos porque los beneficiados tuvieron fe, tuvieron confianza. Tal es así que el Señor muchas veces hacía los milagros diciendo: “Que te suceda como has creído”. Es decir, que ocurra el milagro según tu confianza.
¿Y nosotros? ¿Cómo es nuestra confianza para obtener gracias y milagros de Dios?
Debemos reconocer que en este punto somos muy débiles y siempre estamos dudando, en el fondo tenemos desconfianza en Dios.
Y pensar que el pecado que más dolor le causa al Señor es el de la desconfianza en su bondad infinita. Creemos que Dios castiga, pero nos es difícil pensar que Dios es Bueno, infinitamente bueno, y que todo lo que quiere o permite que nos suceda, siempre es por bondad suya, para nuestro bien.
La confianza es el secreto que nos abre las puertas del Corazón de Dios. Confiando en Dios lo obtendremos todo, porque Dios no decepciona a nadie que espera y confía plenamente en Él.

lunes, 18 de abril de 2016

Lectura espiritual

Ejemplo 3.
Una familia protestante se convierte al catolicismo
En la última sesión de un Congreso católico, celebrado en Lila (Francia), el sacerdote inglés P. Tuckwel habló de este modo:
“En una ciudad de Inglaterra residía una familia educada según la fe protestante.
De los varios hijos, el más pequeño, cuando contaba seis años, aprendió de unos amigos católicos el Avemaría.
Una tarde la recitó candorosamente delante de su madre, y ésta le reprendió y conminó a que nunca más pronunciara esas alabanzas a María, pues no era ella más que una mujer como todas las demás.
El niño, consecuente con la reprimenda recibida, no volvió a pensar ya en el Avemaría.
Pero, transcurridos bastantes días, y mientras esperaba a sus padres para ir al templo, tomó una Biblia y empezó a hojearla, encontrándose con el relato de San Lucas en que refiere la Anunciación.
El niño, al aparecer su madre, le muestra triunfante la página en que consta la salutación del Ángel a María, y dice:
–Ves, madre, el Avemaría está en la Biblia. ¿Por qué, pues, decís que no debe rezarse?
La madre, por única respuesta, le arrebató, enojada, el libro de sus manos, y le dijo:
–Cállate y no vuelvas a hablar más de esto.
No obstante, desde entonces, el niño repetía gustoso, en privado, las palabras leídas: “Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres”... Y meditando en esto se decía:
No es posible que María sea una mujer como las demás. Si así fuese, no le habría dicho el ángel lo que le dijo. Y esto está escrito en la Biblia, y según nos han enseñado en el Templo, la Biblia contiene la palabra de Dios.
Habiendo crecido el niño con esa convicción, y cumplido los trece años, surgió, en una velada familiar, otra vez la cuestión de la excelencia de la Virgen sobre las demás mujeres, y nuevamente se oyeron las voces de unos y otros rechazando la preferencia de María. Ante lo cual, el niño tomó la defensa de la Virgen, exclamando:
“¡No; no es verdad que la Virgen María sea igual a todas las mujeres, porque Dios ha puesto en los labios del Arcángel Gabriel la declaración de que “es llena de gracia” y de que es la destinada a Madre de Jesús, que es Dios hecho Hombre!...
¡Qué contradicción la vuestra!; decís que la Biblia es la regla de la religión y, sin embargo, no queréis reconocer lo que el sagrado Libro dice. Leed el canto de la Virgen: “Todas las generaciones me llamarán bienaventurada”... ¿Por qué vosotros os negáis a glorificarla como Madre de Dios?...”
El efecto de estas manifestaciones del joven fue terrible. Los padres estaban enfurecidos contra él. Y sus hermanos lo recriminaron.
Años después, el muchacho entró en el ejército de Su Majestad Británica y, libre de la potestad paterna, se convirtió al catolicismo.
Disfrutando en cierta ocasión unas vacaciones con su hermana mayor, que se había casado y tenía varios hijos, le censuró aquélla su fe católica, y añadió: “¿Ves a mis hijos? ¡Tú sabes cuánto los quiero! Pues bien; te aseguro que antes los mataría que consentir abrazasen esa religión”...
El hermano calló. Pero, a los pocos días, se dio el caso de que uno de los hijos de la joven que tan apasionada y enérgicamente había afirmado su anticatolicismo, contrajo una gravísima enfermedad (difteria) y corría inminentemente riesgo de muerte, porque la naturaleza del niño no respondía a los tratamientos aplicados por el médico.
Entonces, dijo a la madre su hermano:
–Ante esta situación desesperada en que estamos viendo que tu hijo se muere, olvida todo prejuicio y reza conmigo el Avemaría, implorando a la Virgen Santísima interceda y obtenga de Dios la salud del niño.
Y prométeme que si esto te concede el Cielo, examinarás serenamente la religión que yo practico, y si te convences de su verdad, me acompañarás en la misma.”
Resistió todavía un tanto la hermana; vaciló un rato, pero mirando la cama de su hijo enfermo y llorando angustiada, se dejó llevar por la esperanza de salvarlo, y se arrodilló junto a su hermano, recitando con él la salutación angélica.
Al siguiente día el niño estaba curado, con sorpresa del médico. Y la madre se mostró gozosa y agradecida a la Virgen, Madre de Dios, que con tanto poder, tan sabiamente y siempre tan misericordiosa, consuela a los afligidos.
A los tres meses de aquella curación, la familia entera era contada en el número de los católicos.
Y el hermano, que tanto bien contempló, dejando la vida militar, se hizo sacerdote.
Y ese sacerdote –terminó diciendo el P. Tuckwel– es el que os acaba de relatar todo esto”.

sábado, 16 de abril de 2016

El amor de María, intuye y se adelanta
Sólo un corazón que ama sabe ser sencillo al pedir y todo lo consigue... como María. 

Autor: P Antonio Rivero LC | Fuente: Catholic.net

LAS BODAS DE CANÁ 
María recibió una invitación para acudir a unas bodas que se celebraban en Caná de Galilea. Unas bodas, en Palestina y entre los judíos, era un acontecimiento importante y revestía un carácter religioso, pues era el medio de perpetuar la raza hasta la plenitud de los tiempos, es decir, hasta los días del Mesías. Los contrayentes eran amigos, parientes quizá, y María aceptó la invitación y acudió a Caná. Fue también invitado Jesús con sus discípulos, y de nuevo se encontraron reunidos, siquiera fuese transitoriamente y por breve tiempo, Madre e Hijo. Y, ¿qué pasó? Vayamos también nosotros a Caná, pues hemos sido invitados con María y Jesús.

Petición: Señor, dame ojos y corazón para intuir las necesidades de mi prójimo y en la medida de mis posibilidades, ayúdame a solucionarlas, a ejemplo de María, que con su poderosa intercesión logró alegrar ese momento hermoso con el vino nuevo de su Hijo.

Fruto: Tener los ojos abiertos a las necesidades de mi prójimo. Tener el corazón listo para conmoverme y las manos listas para ayudar.

Veamos los detalles de caridad de María en Caná.

María estaba invitada: quien vive en la caridad y con caridad siempre es querido en todas partes y, por lo mismo, fácilmente es invitado a estos eventos alegres, humanos y sociales. Y allá fue, porque el amor trata de difundirse por todas partes. ¿Cómo no compartir la alegría de los demás y felicitarles por esta boda? Ella, la madre de Jesús, no podía despreciar estas alegrías humanas, como tampoco lo hará después Jesús, su Hijo. En muchos otros lugares de los Evangelios vemos a Jesús compartiendo banquetes, tanto que los fariseos se escandalizan de eso e incluso algunos le llaman "comilón y bebedor”. ¡Habráse visto! El corazón mezquino que no rebosa amor se escandaliza de que el otro ame y derrame su amor.

Sí, María fue invitada. Pero, ¿en verdad fue a comer y aprovecharse del banquete? El que fuera la primera que captara la insuficiente cantidad de vino sugiere que "estaba en todo", y esto supone atención, actitud observadora, pensar en lo que ocurre y no en sí misma. ¡Otra vez, la caridad, amor al prójimo! Sí, lo opuesto al egoísmo y a buscar la propia satisfacción. Quien se deja llevar por el impulso natural en sus relaciones sociales corre el peligro de ser imprudente y pecar por exceso o por defecto; está abocado a vivir para sí y no para los demás; a dejarse llevar por el egoísmo en lugar de ejercer la caridad y el amor al prójimo. No hubiera sido igual en esa boda sin la presencia de María. El amor todo lo transforma, incluso las situaciones adversas. La caridad no deja indiferente el ambiente en que está. Al contrario caldea el ambiente en que vive y alegra la vida de quienes están a su alrededor.

Quien tiene amor aumenta el grado de felicidad de los demás en la tierra. Basta una sonrisa, una palabra de aliento, un gesto de servicio. ¿Qué hizo María? ¿Qué hubiera hecho yo en su lugar: reclamar, protestar contra los novios y los servidores?

Se acabó el vino y María dijo a Jesús: "no tienen vino”. Aquí está el amor de María, amasado de sencillez y de fe. Sea por la afluencia de invitados, sea por error de cálculo, llegó un momento en que el vino comenzó a escasear de tal manera que era fácil prever su insuficiencia para el tiempo que todavía había de durar la fiesta. Esto era grave, porque el apuro iba a ser tal, cuando se descubriera, que bastaba para amargar a los novios el recuerdo de su boda, que se iba a convertir en regocijado comentario del pueblo durante mucho tiempo. Y aquí interviene María con su caridad intuitiva, ingeniosa y efectiva. Esto quiere decir que andaba discretamente pendiente del servicio, ayudando quizá, sin inmiscuirse en lo que era tarea propia de maestresala. En cuanto vio esto, pensó en el modo de remediarlo. Pensó en la violencia de la situación de los novios. Su bondad le llevó a compadecerse de ellos y a buscar un remedio. Ella sabía que no podía realizar un milagro, pero sabía que su Hijo sí podía. El amor intuye y se adelanta y se cree con confianza para pedir a Dios la solución. ¡Es la madre! Y comunica su preocupación a su Hijo.

María se dirige a Jesús como a su Hijo, pero Jesús le contesta como Mesías: no ha venido a remediar problemas materiales, pues es muy otra la misión que ha recibido del Padre. Aclarado esto, no tiene inconveniente en adelantar su hora: la de hacer un milagro que ponga de manifiesto su poder y dé testimonio de su divinidad. El amor todo lo puede. El amor abre el corazón de Dios. El amor humilde y confiado de María realizó lo que nadie podría hacer en ese momento: convertir el agua en vino. "No tienen vida”, ¡qué oración tan sencilla de María! Ella expone la necesidad con la simplicidad de un niño. Los niños más que pedir, exponen, y no es necesario más porque la compenetración es tan grande que los papás saben perfectamente todo lo que la frase del niño encierra, y es para ellos más clara que un largo discurso. María, siendo la más perfecta de las criaturas, o mejor todavía, la criatura perfecta, su oración, sin duda, es la más perfecta de las oraciones, la mejor hecha, la que reúne todas las cualidades en su máxima profundidad. Es el amor quien hace nuestra oración sencilla, sin rebuscamientos ni artificios. ¿Si nosotros no conseguimos de Dios lo que le pedimos no será porque nos falta sencillez en nuestra oración? Y si nos falta sencillez, ¿no será porque estamos faltos de amor en el corazón? Sólo un corazón que ama sabe ser sencillo al pedir y todo lo consigue. Como María. ¡Qué complicados somos los hombres a veces en nuestras relaciones con Dios y con los demás! Aprendamos de María.

"Haced lo que Él os diga". Es el amor de María lleno de confianza y humildad. La mirada suplicante, confiada, sonriente y amorosa de la Virgen no podía ser indiferente a Jesús en ningún caso. María obró con la seguridad de quien sabe lo que hace, pues el amor da seguridad y abre las puertas del corazón de Dios. Se acercó a los sirvientes y les dio unas instrucciones muy sencillas: "Haced lo que Él os diga". Tras esto, la Virgen vuelve a confundirse entre los convidados. Sólo el que ama a Dios, ama a los demás y se consume viendo cómo, por no poseerlo, no son felices. Esta vibración interior es lo que lleva a acercarles a Dios, pero sin artificios ni convencionalismo, sin acosos ni insistencias, con la tenacidad propia del amor, pero con su suavidad, haciendo que acaben queriendo, abriéndoles horizontes que tienen cerrados. "Haced lo que Él os diga": es el imperativo que lanza quien ama, porque conoce a quien es el Amor supremo. El amor aquí se hace humilde: Él es quien cuenta, no yo. Sólo Él es el Salvador y Mesías. Pero su humildad sabe dar el tono y matiz preciso a su imperativo. La oración que nace de la humildad siempre será escuchada y casi "obliga" a Dios a escuchar y hacer caso. Lo que da intensidad a una oración, lo que hace poner en ella toda el alma es la necesidad, y nadie como el humilde puede percibir hasta qué punto está necesitado de que Dios se compadezca de su impotencia, hasta qué punto depende de Él, hasta qué extremo límite es cierto que el hombre puede plantar y regar, pero que es Dios quien da el incremento (cf 1 Cor 3, 6-7), es Dios quien puede convertir esa agua en vino.

Quien no ama no es humilde. Quien no es humilde trata a Dios con prepotencia y egoísmo, y lo usa para que resuelva los problemas que nosotros mismos nos hemos planteado o sacarnos de los atolladeros en que tercamente nos hemos metido. Pero María es humilde. Expone el problema y la necesidad y deja todo en las manos de su Hijo.

Deja a Cristo el campo totalmente libre para que haga sin compromisos ni violencias su voluntad, pero es porque Ella estaba segura de que su voluntad era lo más perfecto que podía hacerse y de verdad resolvería el asunto. María confía en la sabiduría de su Hijo, en su superior conocimiento, en su visión más amplia y profunda de las cosas que abarca aspectos y circunstancias que Ella podía, quizá, desconocer. La fe y la humildad deja a Dios comprometido con más fuerza que los argumentos más sagaces y contundentes. "Haced lo que Él os diga": ¡Qué conciencia tiene María de que su Hijo es el Señor y es quien debe mandar y ordenar, y no ella! Nos pide que siempre escuchemos a su Hijo y después que hagamos lo que Él nos diga. El amor escucha y hace lo que dice y pide el Amor con mayúscula. Hacer lo que Cristo nos dice es obedecer. Por tanto el amor termina siempre en obediencia. Lo que María nos dice aquí es que obedezcamos, que pongamos toda nuestra personal iniciativa, no en hacer lo que se nos ocurra, sino al servicio de lo que Él nos indique. Como Ella, que fue siempre obediente.

Quien no ama, protesta y no obedece con alegría. Por tanto, este amor de María en Caná desemboca en obediencia a Cristo. No es un amor que se queda sólo a nivel de sentimientos y emociones, o de soluciones más o menos hermosas. El amor tiene que ser acrisolado por la obediencia. Con la obediencia hemos encontrado lo único necesario y todo lo demás viene resuelto como consecuencia. Y la obediencia consiste en cumplir la voluntad de Dios en nuestra vida. Y fue esta obediencia de María y de los servidores quien hizo que Cristo obrase el milagro. Y no fue fácil lo que Cristo les mandó: "Llenen de agua esas tinajas" ¿No será esto absurdo? Los servidores no protestan ni reclaman ni cuestionan. Obedecen, simplemente. Y obedecieron inmediatamente. Y obedecieron hasta el final, llenando las tinajas hasta arriba. No puede obedecerse a medias.

Preguntas para reflexionar: 
1. ¿Qué me impide ver las necesidades de los demás: mi maldito egoísmo que me ciega, mi corazón duro y soberbio, mis manos cerradas y ociosas?
2. ¿Pido a Jesús por las necesidades del mundo, de la Iglesia y de las familias? ¿O sólo pido por mí y mis cosas? ¿Pido, como María, con fe, con humildad, con amor, con confianza, con obediencia?
3. ¿Tengo el vino de mi caridad dulce y oloroso para compartir con los demás, o está ya picado y avinagrado por mi egoísmo y orgullo?

domingo, 10 de abril de 2016

Hoy es día de bendecir y ser bendecido
Somos invitados por Dios a mirarnos, a mirar a las personas y el mundo que nos rodea, con la mirada de Jesús. 

Autor: Catholic.net | Fuente: Catholic.net

Cuando disponemos nuestro corazón para bendecir a las personas con quienes convivimos, la luz de Cristo nos cubre y, pasamos a ver la vida y a las personas con una nueva óptica. Muchas veces, nuestros sinsabores, nuestros negativismos y las críticas oscurecen nuestra visión y nuestro corazón y nos tornamos incapaces de ver las cosas como ellas son.

Somos invitados por Dios a mirarnos, a mirar a las personas y el mundo que nos rodea, con la mirada de Jesús. Solamente con el auxilio de la gracia de Dios seremos capaces de percibir lo bonita que es la vida, aunque las dificultades golpeen nuestra puerta. Cultivemos el buen humor, la alegría y disposición de amar y bendecir a los demás.

Hoy no puede ser solamente más un día de nuestra vida. Hagamos un firme propósito de bendecir y decir palabras de ánimo, de consuelo al prójimo.

Estés seguro que seremos nosotros los primeros beneficiados por la gracia de Dios. Recemos por las personas que nos persiguen, que nos desprecian, que nos critican, que nos difaman y por quien tenemos antipatía.

Quiero, pues, que oren los hombres en todo lugar; que levanten al cielo manos limpias, sin enojos ni discusiones(1Tim 2,8).

Jesús, confío en ti.
María, la Virgen del amor misericordioso
Ese gran amor de esposa, de madre, de amiga que se respiraba en torno suyo, estaba entretejido con mil y un detalles.

Autor: P. Marcelino de Andrés LC | Fuente: Catholic.net

Entre los muchos títulos con los que nos referimos a María está el de Madre del Amor misericordioso. Es la Madre de Cristo, la Madre de Dios. Y Dios es amor. Dios quiso, sin duda, escogerse una Madre adornada especialmente de la cualidad o virtud que a Él lo define. Por eso María debió vivir la virtud del amor, de la caridad en grado elevadísimo. Fue, ciertamente, uno de sus principales distintivos. Es más, Ella ha sido la única creatura capaz de un amor perfecto y puro, sin sombra de egoísmo o desorden. Porque sólo Ella ha sido inmaculada; y por eso sólo Ella ha sido capaz de amar a Dios, su Hijo, como Él merecía y quería ser amado.

Fue ese amor suyo un amor concreto y real. El amor no son palabras bonitas. Son obras. "El amor es el hecho mismo de amar”, dirá San Agustín. La caridad no son buenos deseos. Es entrega desinteresada a los demás. Y eso es precisamente lo que encontramos en la vida de la Santísima Virgen: un amor auténtico, traducido en donación de sí a Dios y a los demás.

María irradiaba amor por los cuatro costados y a varios kilómetros a la redonda. La casa de la sagrada familia debía estar impregnada de caridad. Como también su barrio, el pueblo entero e incluso gran parte de la comarca... Las hondas expansivas del amor, cuando es real, se difunden prodigiosamente con longitudes insospechadas.

El amor de la Virgen en la casa de Nazaret, como en las otras donde vivió, haría que allí oliese de verdad a cielo. Ese gran amor de esposa, de madre, de amiga que se respiraba en torno suyo, estaba entretejido con mil y un detalles.

Con qué sonrisa y ternura abriría la Santísima Virgen cada nuevo día de José y del niño con su puntual y acogedor "buenos días”; y de igual modo lo cerraría con un "buenas noches” cargado de solicitud y cariño. Cuántas agradables sorpresas y regalos aguardaban al Niño Dios detrás de cada "feliz cumpleaños” seguido del beso y abrazo de su Madre.

Cómo sabía Ella preparar los guisos que más le agradaban a José; y aquellos otros que le encantaban al niño Jesús. Qué bien se le daba a Ella eso de tener siempre limpia y arreglada la ropa de los dos hombres de la casa. Con cuánta atención y paciencia escucharía las peripecias infantiles que le contaba Jesús tras sus incansables aventuras con sus amigos; y también los éxitos e infortunios de la jornada carpintera de José. Cuántas veces se habrá apresurado María en terminar las labores de la casa para llevarle un refrigerio a su esposo y echarle una mano en el trabajo.

Era el amor lo que transformaba en sublimes cada uno de esos actos aparentemente normales y banales. Donde hay amor lo más normal se hace extraordinario y no existe lo banal. En María ninguna caricia era superficial o mecánica, ningún abrazo cansado o distraído, ningún beso de repertorio, ninguna sonrisa postiza.

"En Ella -afirma San Bernardo- no hay nada de severo, nada de terrible; todo es dulzura”. Todo lo que hacía estaba impregnado de aquella viveza del amor que nunca se marchita.

¡Qué mujer tan encantadora la Virgen! ¡Qué madre tan cariñosa y solícita! ¡Qué ama de casa tan atenta y maravillosa!

No sería tampoco difícil encontrar a María en casa de alguna vecina. Hoy en la de una, más tarde o mañana en la de otra. Porque a la una le han llovido muchos huéspedes y la Virgen intuye que allí será bienvenida una ayudita en el servicio. Porque la otra está enferma en cama y, con cinco chiquillos sueltos, la casa necesita no una sino dos manos femeninas que pongan un poco de orden. Porque a la de más allá le llegó momento de dar a luz y la Virgen quería estarle cerca y hacerle más llevadero ese trance que para Ella, en su momento y por las circunstancias, fue bastante difícil.

Y todo eso lo adivinaba e intuía Ella y se adelantaba a ofrecerse sin que nadie le dijera o pidiera nada. ¡Qué corazón tan atento el suyo!

En fin, que no era raro el día en que la Virgen prepararía y serviría no una sino dos o más comidas. No era desusual que además de ordenar y limpiar en su casa, lo hiciese en alguna otra de la vecindad. Como no era tampoco extraño comprobar que entre la ropa que Ella dejaba como nueva en el lavadero del pueblo, había prendas demás; y a veces muchas...

Ni siquiera debió ser insólito sorprender a María consolando y aconsejando a una coterránea que había reñido con su esposo; o visitando y atendiendo, en las afueras de la aldea, a los indeseables leprosos; o dando limosna a los pobres, aun a costa de estrechar un poco más la ya apretada situación económica de su hogar.

Todo eso lo aprendió y practicó María desde niña. La Virgen estaba habituada a preocuparse de las necesidades de los demás y a ofrecerse voluntariosa para remediarlas. Sólo así se comprende la presteza con la que salió de casa para visitar a su prima Isabel, apenas supo que estaba encinta e intuyó que necesitaba sus servicios y ayuda.

Su exquisita sensibilidad estaba al servicio del amor. Da la impresión de que llegaba a sentir como en carne propia los aprietos y apuros de todos aquellos que convivían junto Ella. Por eso no es de extrañar que en la boda aquella de Caná, mientras colaboraba con el servicio, percibiera enseguida la angustia de los anfitriones porque se había terminado el vino. De inmediato puso su amor en acto para remediar la bochornosa situación. Ella sabía quién asistía también al banquete. Tenía muy claro quién podía poner solución al asunto. Ni corta ni perezosa, pidió a Jesús, su Hijo, que hiciera un milagro. Y, aunque Él pareció resistirse al inicio, no pudo ante aquella mirada de ternura y cariño de su Madre. El amor de María precipitó la hora de Cristo.

El amor de María no conoció límites y traspasó las fronteras de lo comprensible. Ella perdonó y olvidó las ofensas recibidas, aun teniendo (humanamente hablando) motivos más que suficientes para odiar y guardar rencor. Perdonó y olvidó la maldad y crueldad de Herodes que quiso dar muerte a su pequeñín. Perdonó y olvidó las malas lenguas que la maldecían y calumniaban a causa de su Hijo. Perdonó y olvidó a los íntimos del Maestro tras el abandono traidor la noche del prendimiento. Perdonó y olvidó, en sintonía con el corazón de Jesús, a los que el viernes Santo crucificaron al que era el fruto de sus entrañas. Y también hoy sigue perdonando y olvidando a todos los que pecando continuamos ultrajando a su divino Jesús.

¡Cuánto tenemos nosotros que imitar a nuestra Madre! Porque pensamos mucho más en nosotros mismos que en el vecino. A nosotros nos cuesta mucho estar atentos a las necesidades de los demás y echarles una mano para remediarlas. Nosotros no estamos siempre dispuestos a escuchar con paciencia a todo el que quiere decirnos algo. Nosotros distinguimos muy bien lo que "en justicia” nos toca hacer y lo que le toca al prójimo, y rara vez arrimamos el hombro para hacer más llevadera la carga de los que caminan a nuestro lado. Nosotros en vez de amor, muchas veces irradiamos egoísmo. En vez de afecto y ternura traspiramos indiferencia y frialdad. En vez de comprensión y perdón, nuestros ojos y corazón despiden rencor y deseo de venganza. ¡Qué diferentes a veces de nuestra Madre del cielo!

María, la Virgen del amor, puede llenar de ese amor verdadero nuestro corazón para que sea más semejante al suyo y al de su Hijo Jesucristo. Pidámoselo.

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