domingo, 6 de septiembre de 2015

Dichoso el rico... por la generosidad de su ayuda!
El dinero que tantas veces es malo, se puede convertir, y se convierte de hecho, en una bendición. 

Autor: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net

Nada más oímos la palabra dinero ya nos ponemos en guardia. Porque sospechamos que se nos va a hablar muy duramente. Y, sin embargo, también se nos puede hablar muy bellamente del dinero. Todo dependerá de la parte por la que se incline el corazón. Porque el dinero es un aliado del mal como puede ser un colaborador extraordinario del bien. El Evangelio, en esto como en todo, la palabra definitiva. Con el Evangelio en mano, se iluminan todos los problemas y para todos se les halla la solución adecuada..

La Humanidad ha caído siempre de rodillas ante el becerro de oro, contra el cual se han despedazado siempre también las tablas de la Ley de Dios. Nunca han pactado ni pactarán Dios y el dinero.

El hombre quiere ser rico y busca el dinero sea como sea, al considerarlo como la base de su bienestar, de una vida de placer, de la soberanía política sobre los demás, de la seguridad de la vida, de todo sueño de felicidad... El demonio, que de tonto no tiene nada, se lo ofreció cínicamente a Jesús:
- Todo esto te daré, sí, postrado en tierra, me adoras.

En definitiva, el dinero es la máscara atractiva que el demonio se pone para ser el dios del hombre, desplazando de su sitio al Dios verdadero, del que dice la Biblia:
- A Él sólo adorarás y a Él sólo servirás.
Esto ha sido siempre así. Pero, en nuestros días, el dinero ha abierto esa brecha insalvable entre los hombres con la llamada cuestión social. Porque contemplamos el hecho innegable de que una parte muy pequeña de los hombres acapara casi toda la riqueza del mundo, mientras que la mayoría de las gentes, llamadas del Tercer Mundo, viven en condiciones de pobreza muchas veces desesperante.

Viene la consecuencia natural de esa lucha social, que ha llegado tantas veces a las armas, y que ha hecho correr torrentes de sangre. Esta ha sido y sigue siendo la obra del dios oro.

Pero está también la obra del oro de Dios. Porque el dinero, colocado en manos que lo saben manejar, se convierte en fuente de bendiciones para muchos: para los que lo reciben igual que para quienes lo manejan.

La Biblia, en el Antiguo Testamento, nos dice unas palabras que parecen hoy desconcertantes:
- ¡Dichoso el rico... porque la generosidad de sus donativos será proclamada por la asamblea de todos los santos!

Jesús lo recomendará después así:
-¡A ganarse amigos con el dinero malvado!
O sea, el dinero que tantas veces es malo, se puede convertir, y se convierte de hecho, en una bendición.

Se me ocurre ahora la historia de aquellas zapatillas.

Un grupo de gente rica formaba una especie de club para ayudar a los pobres. Y aquel señor de la nobleza francesa visita a una amiga millonaria, a la que encuentra remendándose sus zapatillas.
- Pero, ¿por qué no se compra otras nuevas?
- Porque tengo que ahorrar para los pobres.
- Pues, mire; por ellos venía a verle, para pedirle ayuda.
La señora se levanta, saca del cajoncito el billete de banco más subido, y lo entrega al visitante con la mano izquierda.
- ¿Y por qué me lo da usted con la mano izquierda?
- Para que no se entere la derecha, y ésta no se niegue a seguir remendando zapatillas.

Esto es dar cumplimiento a la profecía bíblica de Isaías: cuando venga Cristo, las lanzas de los soldados se convertirán en azadones y en machetes de agricultor. Como podía haber dicho: serán agujas de coser en manos de mujeres acomodadas, que es igual...
El rico proclamado dichoso por la Biblia es el que no anda detrás del oro, no peca con él ni hace el mal; lo aprovecha para hacer cosas admirables, y, probado por las contradicciones, es hallado un hombre perfecto.

Hoy se llevan esta gloria tantos hombres de buena voluntad, que luchan para que se imponga en el mundo una justicia social auténticamente humana y cristiana. Su puesto en la empresa o en el Gobierno es para el bien de los otros, no para provecho propio.
Y es una gloria también volvemos la palabra a Jesús de los que, practicando siempre con pasión el amor mediante el dinero, saben granjearse con los pobres unos amigos que serán sus mejores abogados ante el Dueño de las cuentas.

Como aquel ricachón, que decía con bondadosa humildad:
- Yo he nacido para trabajar y ser pobre.
Derrochaba entre sus obreros, en obras sociales y de caridad, los torrentes de dinero que ingresaban en sus arcas. Hacía con ello honor a la Palabra de Dios, la cual dice de un rico así que ha hecho maravillas. Le dio la razón al Evangelio que le decía: haceos amigos con el dinero malvado... El dinero es el dios oro, ante el que tantos se arrodillan, por desgracia. Pero es también, dichosamente, el oro de Dios, depositado enel Banco de Arriba. Depende todo de las manos en que cae y de cómo se maneja....

sábado, 5 de septiembre de 2015

En el trajín cotidiano.

Con el paso de los días y el trajinar de las actividades diarias, nos podemos olvidar de la oración, siendo que la oración debería ser como el centro de nuestra jornada.
No nos quejemos si las cosas no nos salen bien y todo va de mal en peor, porque en gran parte esto sucede porque ya no rezamos, ya no hablamos con Dios amigablemente, sino que queremos arreglar las cosas nosotros solos y a nuestra manera, sin dejarle participación a Dios.
Es tiempo de que despertemos del letargo en que hemos caído con respecto a la oración, porque si miramos un poco nuestra vida, veremos que el demonio nos ha ganado terreno, y ahora es necesario volver a empuñar el arma de la oración para hacerlo huir de nuestras vidas, de nuestras familias y expulsarlo lejos de aquellos que amamos.
No hay vuelta de hoja, ya lo ha dicho San Alfonso María de Ligorio: “El que reza se salva, y el que no reza se condena”, y es la pura verdad.
Y no podemos decir que no tenemos tiempo para rezar, porque quizás pensamos en que no encontramos el tiempo para rezar un rosario. Pero hay que recordar que la oración es un diálogo con Dios, y no hace falta rezar el rosario para ponernos en comunicación con Él, sino que simplemente elevando la mente y el pensamiento a Dios, ya estamos rezando, y muy bien.
A veces nos suele pasar que, aunque rezamos, y quizás mucho, Dios es para nosotros casi un extraño, porque no hablamos con Él como con nuestro mejor amigo. Y lo que nos sucede con Dios, también nos pasa con nuestro ángel custodio, al que tenemos completamente olvidado o casi, siendo que él puede actuar tanto más, cuanto más nosotros le invocamos.
Recordemos que se trata de la salvación de nuestra alma, y la salvación también de aquellos que amamos. Por eso volvamos a empuñar las armas de la oración, en especial el Rosario, puesto que las batallas espirituales se ganan con la oración, y también por ella nos vienen toda clase de bienes, incluso materiales; y se alejan toda clase de males, también materiales.
María está cerca de cada uno de nosotros
Cuando estaba en la tierra, sólo podía estar cerca de algunas personas. Al estar en Dios, está 

Autor: SS Benedicto XVI | Fuente: Catholic.net

Esta poesía de María –el «Magníficat»– es totalmente original; sin embargo, al mismo tiempo, es un "tejido" hecho completamente con "hilos" del Antiguo Testamento, hecho de palabra de Dios.

Se puede ver que María, por decirlo así, "se sentía como en su casa" en la palabra de Dios, vivía de la palabra de Dios, estaba penetrada de la palabra de Dios. En efecto, hablaba con palabras de Dios, pensaba con palabras de Dios; sus pensamientos eran los pensamientos de Dios; sus palabras eran las palabras de Dios. Estaba penetrada de la luz divina; por eso era tan espléndida, tan buena; por eso irradiaba amor y bondad.

María vivía de la palabra de Dios; estaba impregnada de la palabra de Dios. Al estar inmersa en la palabra de Dios, al tener tanta familiaridad con la palabra de Dios, recibía también la luz interior de la sabiduría. Quien piensa con Dios, piensa bien; y quien habla con Dios, habla bien, tiene criterios de juicio válidos para todas las cosas del mundo, se hace sabio, prudente y, al mismo tiempo, bueno; también se hace fuerte y valiente, con la fuerza de Dios, que resiste al mal y promueve el bien en el mundo.

Así, María habla con nosotros, nos habla a nosotros, nos invita a conocer la palabra de Dios, a amar la palabra de Dios, a vivir con la palabra de Dios, a pensar con la palabra de Dios. Y podemos hacerlo de muy diversas maneras: leyendo la sagrada Escritura, sobre todo participando en la liturgia, en la que a lo largo del año la santa Iglesia nos abre todo el libro de la sagrada Escritura. Lo abre a nuestra vida y lo hace presente en nuestra vida.

Pero pienso también en el «Compendio del Catecismo de la Iglesia católica», en el que la palabra de Dios se aplica a nuestra vida, interpreta la realidad de nuestra vida, nos ayuda a entrar en el gran "templo" de la palabra de Dios, a aprender a amarla y a impregnarnos, como María, de esta palabra. Así la vida resulta luminosa y tenemos el criterio para juzgar, recibimos bondad y fuerza al mismo tiempo.

María fue elevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo, y con Dios es reina del cielo y de la tierra. ¿Acaso así está alejada de nosotros? Al contrario. Precisamente al estar con Dios y en Dios, está muy cerca de cada uno de nosotros.

Cuando estaba en la tierra, sólo podía estar cerca de algunas personas. Al estar en Dios, que está cerca de nosotros, más aún, que está "dentro" de todos nosotros, María participa de esta cercanía de Dios.

Al estar en Dios y con Dios, María está cerca de cada uno de nosotros, conoce nuestro corazón, puede escuchar nuestras oraciones, puede ayudarnos con su bondad materna. Nos ha sido dada como "madre" –así lo dijo el Señor–, a la que podemos dirigirnos en cada momento. Ella nos escucha siempre, siempre está cerca de nosotros; y, siendo Madre del Hijo, participa del poder del Hijo, de su bondad. Podemos poner siempre toda nuestra vida en manos de esta Madre, que siempre está cerca de cada uno de nosotros.
Dos Maderos
Ambos maderos se unen y forman la Cruz: es Jesús el que está en la intersección, porque es un Hombre pero también es Dios. 

Autor: www.reinadelcielo.org | Fuente: www.reinadelcielo.org

Dos simples maderos, dos trozos de árbol unidos para toda la eternidad. La Cruz tiene un profundo sentido de Amor que nos cuesta descubrir. Nuestra ceguera nos impide ver más allá de lo que nuestros ojos perciben, y de éste modo no logramos comprender en toda su majestuosa profundidad el Signo que la Cruz representa.

Un Madero horizontal sujeta los Brazos de Jesús, formando un abrazo que nos envuelve a todos los hombres, a todos los hermanos del Señor. Ese madero que corre paralelo a la superficie de la tierra marca el Amor del Hombre-Dios por todos nosotros, es la unión en el amor fraterno, amor de miembros de la iglesia que El mismo fundó sobre Su Sangre ¡La Cruz logra con este Madero unirnos en hermandad! Dos Clavos fueron suficientes para sujetar al Amor hecho Criatura en un abrazo duradero por toda la eternidad. Desde el Madero horizontal parten lazos de amor que nacen de una Mano del Señor, barren la superficie de la tierra tocando a todos los hombres con el signo del amor entre hermanos, y vuelven a unirse a la otra Mano de Jesús, cerrando el círculo. Al verlo en la Cruz, sujeto al Madero con Sus Brazos abiertos, sentimos que Jesús nos invita a unirnos a Su Humanidad, a ser como El.

Pero si el Madero horizontal representa la Naturaleza Humana de Jesús y Su Mandamiento de amor entre hermanos, Madero que envuelve la faz de la tierra, ¿cuál es entonces el significado del otro Madero, el vertical? El Madero vertical une el Cielo y la tierra, y es un signo de la Divinidad de Jesús, de Su Naturaleza Divina. Ese Hombre clavado al Madero, ¡es Dios! ¿Acaso comprendemos realmente lo que esto significa?

La Cruz no está completa sin este otro Madero. Este leño vertical nos muestra el Amor desde arriba (Dios) hacia abajo (hombre), y nos invita al amor desde abajo (hombre) hacia arriba (Dios) ¡Es el amor por Dios, y el amor de Dios por nosotros! Nos muestra el segundo camino del Amor, el inmenso amor del Dios Eterno e Inmortal por Sus poco leales criaturas, y nos señala también el camino inverso: Jesús vino a recordarnos y a enseñarnos a amar a Su Padre, al Dios de los profetas. Este Madero es una ruta de doble vía, del amor que sube y que baja, que se alimenta y realimenta desde nuestro amor al Padre que se eleva, y desciende multiplicado como más amor de El por nosotros, hasta elevarnos espiritualmente hasta cumbres no exploradas antes por nuestras almas.

Ambos Maderos se unen y forman la Cruz: es Jesús el que está en la intersección, porque es un Hombre (el palo horizontal nos da la perspectiva humana de Cristo, porque El es nuestro hermano que nos amó y nos ama inmensamente), pero también es Dios (el palo vertical nos da la perspectiva Divina de Cristo, El es Dios y como tal nos da Su Amor derivado del Amor de Su Padre). Jesús, Hombre y Dios, amor humano y Amor Divino, la Cruz como entrega de Amor sublime de un Dios que dio hasta la ultima gota de Su Sangre por nosotros, por nuestra salvación.

Dos Maderos, dos ríos de amor. Dios quiso que éstas dos sendas se crucen en el momento oportuno, y en el lugar oportuno. En el Gólgota, las dos rutas fueron unidas por un Hombre que encontró Su Cuerpo Clavado a los Dos Maderos, configurando una Cruz, nuestra Cruz. El punto de unión no podía ser otra cosa más que una explosión de amor. Un estallido de amor que sacudió el universo, despertó a las estrellas más lejanas, porque fue el mismo Dios que las creó el que murió en ese instante. Jesús, regalo de Amor del Padre, unió con Su propio Cuerpo mutilado éstas dos rutas de amor, dejándonos claramente expuesto Su mensaje:

Amen a Dios por sobre todas las cosas, como Yo amo a Mi Padre, y ámense unos a otros con todo el corazón, como Yo los he amado también.

En el punto de unión de los Dos Maderos, en la Cruz, Jesús amó hasta el infinito. Dejó todo allí por nosotros. Su Padre lo envió para que nos salve, conociendo de antemano el precio de nuestra salvación. Sabiendo que Dos Maderos iban a sujetar a todo el amor del universo por un breve instante en Palestina, cambiando para siempre la historia de la humanidad.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Señor, ayudame a ser humilde
Desconéctame, Señor, de las cosas de mi vida que tanto amo....quiero que tu me ayudes a vivir en la humildad.

Autor: Ma Esther De Ariño | Fuente: Catholic.net

Aquí estoy, Señor, para darte ese tiempo de mi vida, que es muy poco, comparado con el tiempo que siempre tengo para trabajar, para distraerme y pasear. Es muy poco pero quiero que sea tuyo y que será el mejor de mi tiempo porque es para ti.

Dame paz, tranquilidad. Auséntame de todas mis preocupaciones, quedarme vacía de todos los problemas y dolores que llevo en mi alma, muchas veces causados por mi equivocado proceder, y entregarme de lleno a ti.

Desconéctame, Señor, de las cosas de mi vida que tanto amo.... quiero que tu me ayudes a encontrar esa "perla escondida" que es aprender a vivir en la humildad.

A veces pienso, al acercarme a ti, que es el único momento en que siento mi nada, mi pequeñez, porque cuando te dejo y me voy a mis ocupaciones me parece que piso firme, que hago bien las cosas, muchas de ellas, muy bien y casi sin darme cuenta reclamo aplausos, reclamo halagos y me olvido de ser humilde, de aceptar, aunque me duela, mis limitaciones, mis errores, mis faltas y defectos de carácter, que siempre trato de disimular para que no vean mi pequeñez y cuando llega el momento de pedir perdón... ¡cómo cuesta! Qué difícil es reconocer que nos equivocamos, qué juzgamos mal, que lastimamos y rogar que nos perdonen.

Ante ti, Señor, buscando alcanzar esa HUMILDAD, que tanta falta me hace, me atrevo a rezarte la hermosa:

ORACION POR LA HUMILDAD

Señor Jesús, manso y humilde.
Desde el polvo me sube y me domina esta sed de que todos me estimen, de que todos me quieran.
Mi corazón es soberbio. Dame la gracia de la humildad,mi Señor manso y humilde de corazón.

No puedo perdonar, el rencor me quema, las críticas me lastiman, los fracasos me hunden, las rivalidades me asustan.

No se de donde me vienen estos locos deseos de imponer mi voluntad, no ceder, sentirme más que otros... Hago lo que no quiero. Ten piedad, Señor, y dame la gracia de la humildad.

Dame la gracia de perdonar de corazón, la gracia de aceptar la crítica y aceptar cuando me corrijan. Dame la gracia, poder, con tranquilidad, criticarme a mi mismo.

La gracia de mantenerme sereno en los desprecios, olvidos e indiferencias de otros. Dame la gracia de sentirme verdaderamente feliz, cuando no figuro, no resalto ante los demás, con lo que digo, con lo que hago.

Ayúdame, Señor, a pensar menos en mi y abrir espacios en mi corazón para que los puedas ocupar Tu y mis hermanos.

En fin, mi Señor Jesucristo, dame la gracia de ir adquiriendo, poco a poco un corazón manso, humilde, paciente y bueno.

Cristo Jesús, manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo. Asi sea. 

(P. Ignacio Larrañaga)

lunes, 31 de agosto de 2015


La Eucaristía no es una «obligación ritual» sino el Pan de Vida

29 de ago de 2015
Son palabras del Dr. Guzmán Carriquiry Lecour, vicepresidente de la Pontificia Comisión para América Latina, durante el X Congreso Eucarístico Nacional de Perú.
Imagen referencial. Foto: Flickr FR Lawrence Lew OP (CC-BY-NC-ND-2.0) El Dr. Guzmán Carriquiry Lecour, vicepresidente de la Pontificia Comisión para América Latina, alentó a no banalizar la Eucaristía “como una simple obligación ritual, como casi a veces un acto costumbrista”, pues es Pan de Vida.
En declaraciones a ACI Prensa durante el X Congreso Nacional y Eucarístico de Perú, celebrado en Piura a mediados de agosto, el Dr. Carriquiry Lecour alentó a dejar que los corazones sean tocados “por el estupor y el asombro del misterio que se vive, que es Dios que viene a nuestro encuentro bajo la forma, las apariencias, del pan y el vino y que quiere darse de tal modo a nosotros, con su alma, con su cuerpo, con su sangre, con todo su ser”.
El amor de Dios, señaló, es “tan apasionado que hasta quiere ser comido y bebido, es un darse totalmente de la persona”.
“Cuando perdemos esa capacidad de asombro, de estupor, de agradecimiento, de gratitud –que eso quiere decir la palabra ‘Eucaristía’– tendemos muchas veces a distraernos, y a no comprender que el Señor viene a nuestro encuentro”.
El vicepresidente de la Pontificia Comisión para América Latina subrayó que Cristo “viene a nuestro encuentro a través de la Eucaristía para decirnos ‘ven y sígueme, entra en comunión conmigo, conviértete en mi discípulo, conviértete en misionero de mi Reino’, y estamos necesitados siempre de esa conversión delante de la presencia de Dios que se nos hace prójimo”.
El Dr. Guzmán Carriquiry Lecour destacó que la celebración de un Congreso Eucarístico como el realizado al norte de Perú a mediados de agosto “es un gran evento, acontecimiento de Gracia para la vida no solo de la Iglesia sino de toda la nación”.
“La tradición de los congresos eucarísticos, que comienza desde fines del siglo XIX primero congresos eucarísticos internacionales y después nacionales, van marcando la vida de la Iglesia y la van siempre re-centrando en lo que es la fuente y la cumbre de toda comunión, y yo diría también de toda solidaridad, que es la Eucaristía”, indicó.
La autoridad vaticana destacó la importancia de celebrar un evento como este “hoy que el Papa Francisco nos llama a concentrarnos en lo que es más esencial del Evangelio, es decir la muerte del Verbo de Dios encarnado en la Cruz y su gloriosa resurrección para la salvación de todos”.
“El congreso eucarístico justamente nos llama a centrarnos en eso que es más esencial y primordial de nuestra experiencia cristiana”.
La Eucaristía, remarcó, “es Pan de Vida para nosotros cristianos, pero es pan de vida para el mundo entero, es pan de vida para las naciones”.
“Todo fue hecho en Jesucristo, la creación entera hace parte del designio de amor de Dios Padre en Jesucristo por gracia del Espíritu Santo”, señaló.
El Dr. Carriquiry Lecour lamentó también que algunos hayan banalizado la reciente encíclica del Papa Francisco, Laudato Si’, y la hayan reducido a “una encíclica verde”.
“Hay quienes han leído y releído esta encíclica del Papa reduciéndola y un poco banalizándola a una encíclica verde, meramente de cuestiones ambientales técnicas. Y en cambio el Papa nos habla del cuidado de nuestra casa común, de esta casa común que no se comprende en todas sus dimensiones si no es a la luz del acto creador y redentor de Dios”, señaló
fuente: ACI
puedes agregar un comentario
nombre:
email (opt):
comentario:
Ip: 80.58.250.93
Copia este código antispam en el casillero:

domingo, 30 de agosto de 2015

El milagro que no hizo san Antonio
Los milagros no dependen de los hombres, sino de Dios. Él es quien decide cuándo nos concede lo que le pedimos. 

Autor: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

Dos monjes emprendieron el viaje por una zona medio desértica de Egipto. Se les acabó el agua, y no consiguieron encontrar ningún pozo en las cercanías.

Después de un tiempo, uno de los dos monjes murió. El otro, sin fuerzas, quedó en el suelo mientras esperaba la llegada de la muerte.

San Antonio abad estaba en la montaña. En la oración pudo conocer lo que ocurría. Llamó a dos monjes que estaban cerca y les dijo que fueran inmediatamente a llevar un jarro de agua al superviviente.

Cuando los dos monjes llegaron, dieron de beber al que yacía casi sin fuerzas, y enterraron al que había fallecido.

Un monje fue "salvado”. El otro murió. San Atanasio (un obispo del siglo IV), al contar la historia en su "Vida de san Antonio abad”, se pone ante quien pueda formular la pregunta: ¿por qué san Antonio no habló antes, de forma que los dos monjes viajeros hubieran recibido el agua necesaria para sobrevivir?

Atanasio responde sin dudar: la pregunta es injustificada, porque la muerte del monje viajero no dependía de Antonio, sino de Dios.

Es Dios, en efecto, quien dice quién, cuándo y cómo muere, y quién, cuándo y cómo recibe un poco más de vida. A uno de los monjes le llegó la hora de partir al encuentro del Señor. Al otro, en cambio, Dios le dio un poco más de vida, a través del milagro realizado a través de san Antonio.

Lo que pasó en el desierto ocurre tantas veces en la vida humana: uno se salva de un accidente, mientras que otro muere. Uno se cura del cáncer, mientras que otro fallece a los pocos meses (o días). Uno consigue salir airoso de una pulmonía doble, y otro sucumbe cuando le llega la gripe "ordinaria”.

Ante esas diferencias, hay quienes se preguntan: ¿no es injusto Dios? ¿Por qué a uno da más tiempo de vida y a otro lo llama a su Presencia? ¿No podría ser más "equitativo”?

La pregunta, nos diría san Atanasio, está viciada en su origen. No nos toca a nosotros conocer los tiempos de Dios, ni cuándo llegará la hora.

No tiene sentido, por tanto, preguntar: ¿por qué san Antonio no hizo el milagro para los dos? Porque los milagros no dependen de los hombres, sino de Dios. Dios es quien decide cuándo llega la hora para cada uno.

Esa historia sencilla de los primeros monjes de Egipto, contada por san Atanasio, nos ayuda a recordar una de las enseñanzas constantes de san Antonio: al levantarse, hemos de vivir como si no fuésemos a llegar a la noche; y al acostarse hemos de pensar que quizá no llegaremos a ver el siguiente amanecer. O, en palabras del Evangelio, hemos de estar siempre en vela, porque no sabemos ni el día ni la hora (cf. Mt 25,13).

VISITAS