jueves, 30 de junio de 2016

Dime cómo rezas y te diré cómo vives
Porque nuestra vida habla de la oración y la oración habla de nuestra vida.

Autor: SS Papa Francisco | Fuente: Catholic.net

Fragmento de la Homilía del Papa Francisco en  Morelia, 16 febrero 2016. Misa con los sacerdotes, religiosos, religiosas y seminaristas.
Hay un dicho entre nosotros que dice así: 
Dime cómo rezas y te diré cómo vives, dime cómo vives y te diré cómo rezas, porque mostrándome cómo rezas, aprenderé a descubrir el Dios que vives y, mostrándome cómo vives, aprenderé a creer en el Dios al que rezas; porque nuestra vida habla de la oración y la oración habla de nuestra vida. A rezar se aprende, como aprendemos a caminar, a hablar, a escuchar. La escuela de la oración es la escuela de la vida y en la escuela de la vida es donde vamos haciendo la escuela de la oración.
Y Pablo a su discípulo predilecto Timoteo, cuando le enseñaba o le exhortaba a vivir la fe, le decía acuérdate de tu madre y de tu abuela. Y a los seminaristas cuando entran al seminario muchas veces me preguntaban Padre pero yo quisiera tener una oración más profunda, más mental. Mira sigue rezando como te enseñaron en tu casa y después poco a poco tu oración irá creciendo como tu vida fue creciendo. A rezar se aprende como en la vida.
Jesús quiso introducir a los suyos en el misterio de la Vida, en el misterio de su vida. Les mostró comiendo, durmiendo, curando, predicando, rezando, qué significa ser Hijo de Dios.
Los invitó a compartir su vida, su intimidad y estando con Él, los hizo tocar en su carne la vida del Padre. Los hace experimentar en su mirada, en su andar la fuerza, la novedad de decir: Padre nuestro
En Jesús, esta expresión no tiene el gustillo de la rutina o de la repetición, al contrario, tiene sabor a vida, a experiencia, a autenticidad. Él supo vivir rezando y rezar viviendo, diciendo: Padre nuestro.
Y nos ha invitado a nosotros a lo mismo. Nuestra primera llamada es a hacer experiencia de ese amor misericordioso del Padre en nuestra vida, en nuestra historia. Su primera llamada es introducirnos en esa nueva dinámica de amor, de filiación. Nuestra primera llamada es aprender a decir «Padre nuestro», como Pablo insiste, Abba.
[...] Somos invitados a participar de su vida, somos invitados a introducirnos en su corazón, un corazón que reza y vive diciendo: Padre nuestro. ¿Y qué es la misión sino decir con nuestra vida, desde el principio hasta el final, que es la misión sino decir con nuestra vida: Padre nuestro?
A este Padre nuestro es a quien rezamos con insistencia todos los días: y que le decimos en una de esas cosas no nos dejes caer en la tentación. El mismo Jesús lo hizo. Él rezó para que sus discípulos -de ayer y de hoy- no cayéramos en la tentación. 
  • ¿Cuál puede ser una de las tentaciones que nos pueden asediar?
  • ¿Cuál puede ser una de las tentaciones que brota no sólo de contemplar la realidad sino de caminarla?
  • ¿Qué tentación nos puede venir de ambientes muchas veces dominados por la violencia, la corrupción, el tráfico de drogas, el desprecio por la dignidad de la persona, la indiferencia ante el sufrimiento y la precariedad? [...]
Creo que la podríamos resumir con una sola palabra: resignación. Y frente a esta realidad nos puede ganar una de las armas preferidas del demonio, la resignación. ¿Y qué le vas a hacer?, la vida es así
  • Una resignación que nos paraliza y nos impide no sólo caminar, sino también hacer camino; 
  • Una resignación que no sólo nos atemoriza, sino que nos atrinchera en nuestras [...] aparentes seguridades; 
  • Una resignación que no sólo nos impide anunciar, sino que nos impide alabar. Nos quita la alegría, el gozo de la alabanza. 
  • Una resignación que no sólo nos impide proyectar, sino que nos frena para arriesgar y transformar.
Por eso, Padre nuestro, no nos dejes caer en la tentación.
[...]
Papá. Padre, papá, abba. Esa es la oración, esa es la expresión a la que Jesús nos invitó.
Padre, papá, abba, no nos dejes caer en la tentación de la resignación, no nos dejes caer en la tentación de la asedia, no nos dejes caer en la tentación de la pérdida de la memoria, no nos dejes caer en la tentación de olvidarnos de nuestros mayores que nos enseñaron con su vida a decir: Padre Nuestro

martes, 28 de junio de 2016

«La misericordia de Dios nos purifica de la hipocresía»

22 de jun de 2016
Catequesis del Papa

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
«Señor, si quieres, puedes purificarme» (Lc 5,12): es el pedido que hemos escuchado dirigido a Jesús por parte de un leproso. Este hombre no pide solamente ser curado, sino ser “purificado”, es decir sanado integralmente, en el cuerpo y en el corazón. De hecho, la lepra era considerada una forma de maldición de Dios, de impureza profunda. El leproso debía estar lejos de todos; no podía acceder al templo y a ningún servicio divino. Lejos de Dios y lejos de los hombres. Esta gente llevaba una vida triste.
No obstante esto, aquel leproso no se resignaba ni a la enfermedad, ni a las disposiciones que hacen de él un excluido. Para alcanzar a Jesús, no temía infringir la ley y entra en la ciudad – cosa que no debía hacer, le estaba prohibido –, y cuando lo encontró «se postró ante él y le rogó: Señor, si quieres, puedes purificarme» (v. 12). ¡Todo lo que este hombre considerado impuro hace y dice es expresión de su fe! Reconoce la potencia de Jesús: está seguro que tenga el poder de sanarlo y que todo dependa de su voluntad. Esta fe es la fuerza que le ha permitido romper toda convención y buscar el encuentro con Jesús y, arrodillándose delante de Él, lo llama “Señor”. La súplica del leproso muestra que cuando nos presentamos a Jesús no es necesario hacer largos discursos. Bastan pocas palabras, con tal que sean acompañadas de la plena confianza en su omnipotencia y en su bondad. Encomendarnos a la voluntad de Dios significa de hecho abandonarnos en su infinita misericordia. También yo les hare una confesión personal. En la noche, antes de ir a la cama, yo rezo esta breve oración: “Señor, si quieres, puedes purificarme”. Y rezo cinco “Padre Nuestros”, uno por cada llaga de Jesús, porque Jesús nos ha purificado con sus llagas. Pero si esto lo hago yo, pueden hacerlo también ustedes, en su casa, y decir: “Señor, si quieres, puedes purificarme” y pensar en las llagas de Jesús y decir un “Padre Nuestro” por cada una. Y Jesús nos escucha siempre.
Jesús es profundamente impresionado por este hombre. El Evangelio de Marco subraya que «conmovido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: Lo quiero, queda purificado» (1,41). El gesto de Jesús acompaña sus palabras y hace más explícita la enseñanza. Contra las disposiciones de la Ley de Moisés, que prohibía acercarse a un leproso (Cfr. Lev 13,45-46), Jesús, contra la prescripción, Jesús extiende la mano e incluso lo toca. ¡Cuántas veces nosotros encontramos un pobre que viene a nuestro encuentro! Podemos ser incluso generosos, podemos tener compasión, pero generalmente no lo tocamos. Le ofrecemos la moneda, pero evitamos tocar la mano y la tiramos ahí. ¡Y olvidamos que esto es el cuerpo de Cristo! Jesús nos enseña a no tener temor de tocar al pobre y al excluido, porque Él está en ellos. Tocar al pobre puede purificarnos de la hipocresía y hacer que nos preocupemos por su condición. Tocar a los excluidos. Hoy me acompañan aquí estos jóvenes. Muchos piensan de ellos que era mejor que se quedaran en sus tierras, pero ahí sufrían mucho. Son nuestros refugiados, pero muchos los consideran excluidos. ¡Por favor, son nuestros hermanos! El cristiano no excluye a nadie, da lugar a todos, deja venir a todos.
Después de haber curado al leproso, Jesús le ordena de no hablar con nadie, pero le dice: «Ve a presentarte al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio» (v. 14). Esta disposición de Jesús muestra al menos tres cosas. La primera: la gracia que actúa en nosotros no busca el sensacionalismo. Generalmente esa se mueve con discreción y sin clamor. Para curar nuestras heridas y guiarnos en el camino de la santidad ella trabaja modelando pacientemente nuestro corazón según el Corazón del Señor, para así asumir siempre los pensamientos y los sentimientos. La segunda: haciendo verificar oficialmente la sanación a los sacerdotes y celebrando un sacrificio expiatorio, el leproso es admitido en la comunidad de los creyentes y en la vida social. Su reintegración completa la curación. ¡Como había él mismo suplicado, ahora está completamente purificado! Finalmente, presentándose a los sacerdotes el leproso da a ellos testimonio acerca de Jesús y de su autoridad mesiánica. La fuerza de la compasión con la cual Jesús ha curado al leproso ha llevado la fe de este hombre a abrirse a la misión. Era un excluido, ahora es uno de nosotros.
Pensemos en nosotros, en nuestras miserias… Cada uno tiene la propia. Pensemos con sinceridad. Cuantas veces las cubrimos con la hipocresía de las “buenas maneras”. Y justamente entonces es necesario estar solos, ponerse de rodillas delante de Dios y orar: «Señor, si quieres, puedes purificarme». Y háganlo, háganlo antes de ir a la cama, todas las noches. Y ahora digamos esta bella oración: “Señor, si quieres, puedes purificarme”, todos juntos, tres veces. ¡Todos! “Señor, si quieres, puedes purificarme”, “Señor, si quieres, puedes purificarme”, “Señor, si quieres, puedes purificarme”. Gracias.
La fe es un don gratuito
A veces se tienen tesoros que no somos capaces de valorar, la fe es un gran tesoro, las dificultades ponen a prueba nuestra fe, y de nada sirve una fe muerta sino viva.

Autor: P. Eusebio Gómez Navarro | Fuente: Catholic.net

La fe es gratuita y la respuesta también es libre. La fe es un gran tesoro. Tenemos tesoros que no somos capaces de valorar. Es como el que tiene una avioneta arrumbada en un oscuro garaje, llena de polvo y telarañas, que nunca ha usado. La avioneta está ahí sin sospechar lo que es. Cree que es un trasto más del garaje, como la estantería llena de botes o ruedas viejas. Y un día viene alguien y la saca, la limpia, le engrasa el motor, le llena el depósito de gasolina, arranca… y ¡a volar!

¿Os imagináis lo que sentiría la avioneta si fuese capaz de sentir? Creo que lo más grande no sería la emoción de notar el viento de frente con fuerza o de ver pasar a gran velocidad los bosques, los montes y las colinas desde lo alto…, sino descubrir de repente lo que en realidad era, aquello para lo que fue creada… ¡Para volar!

Existe además la fe religiosa, la fe en Dios, en Jesús. El creyente vive de la fe. Vivir la fe es más importante que hablar de ella, y quien oye hablar de ella sin fe, no descubre nada, es como un ciego al que le explican cómo es la luz. Jesús no hace muchas preguntas a sus oyentes, no les exige admitir verdades, sino que les dice: ¿Creéis que puedo hacer esto?¿Os fiáis de mí? . ¿Por qué no me creéis? ; etc.

Muchas personas, cuando les preguntamos si creen, nos hablan de una fe apoyada en el ambiente, en la tradición: Siempre se ha hecho asíMi familia ha sido siempre católica…. Y reducen su fe a los sacramentos, que tienen más un tinte social que de expresión de fe. Y sin embargo, sabemos que la auténtica fe cristiana brota de una experiencia de Dios, exige creer en Él y una respuesta personal. No basta con creer lo que otros digan, ni siquiera con creer a los curas.

Queremos que la fe sea un seguro de vida ante el dolor o ante los problemas. Ser creyente supone asumir todos los valores personales, familiares y sociales con su realidad actual y sus expectativas de futuro. Jesús no imponía nada, invitaba a seguirlo. Es verdad que a nadie adulaba o pretendía engañar con falsas promesas. Habla de las exigencias del seguimiento, pero en cualquier caso uno es libre de aceptar. Y quien lo siga tendrá la alegría del que ha encontrado un gran tesoro.

Quien tiene fe, ve a Dios en todos los acontecimientos y en todas partes. La fe no es visión, no es conocimiento ni seguridad. La fe es vivir con la firme convicción de que estamos en manos de Dios, que es a la vez Amor y Poder. La fe es desprendernos de nuestras ansiedades y temores, de nuestras dudas y desesperaciones. La fe es un salto, un impulso, un intento, un no aferrarse a las seguridades. La fe es un don, no se gana a puños. Jesús mandará a sus discípulos a dar testimonio de su fe, a anunciar lo que habían visto, oído y vivido (1 Jn 1, 1-4).

La fe, como la esperanza y el amor, puede crecer o perderse. Dijeron los apóstoles al Señor: Auméntanos la fe. ¿Cómo crecer en la fe? Respirando el amor y el poder de Dios.

A veces somos víctimas del miedo, de la duda, de la inseguridad… Y a nuestra mente se asoman pensamientos negativos: no soy…, no puedo…, no quiero. Y esto nos debilita la fe, nos roba las fuerzas y nos quita la paz. La fe se conoce, se profundiza, se defiende, se alimenta y se transmite. Se alimenta con la Palabra de Dios, con la oración, con la confesión periódica, con la eucaristía. El cristiano debe defenderla sin miedo, propagarla y testimoniarla.

La fe es un don gratuito que nos ha hecho Dios. Dios nos amó primero (1 Jn 4, 19). Nosotros hemos de acogerla, cultivarla, hacer fructificar esos talentos. La fe es un don que exige una respuesta humana.

A veces esta respuesta resulta difícil, ya que en muchos momentos nos encontramos en situaciones complicadas que no sabemos cómo resolver, o en momentos difíciles de asumir, o en circunstancias duras, y la vida no es fácil: una enfermedad o la muerte de un ser querido… Cuando las cosas van mal, tendemos a hundirnos, a ponernos tristes, y es entonces cuando deberíamos confiar más en Dios, en los momentos de duda, por la noche, cuando estés cansado y desanimado, cuando aparentemente nada tiene sentido y te sientes confuso y frustrado.

Aunque no sepas adónde lleva el camino, dondequiera que estés y sientas lo que sientas, ¡Dios lo sabe! Y no temas, porque Jesús es tu luz y tu fuerza. Yo soy la luz, el que me sigue no andará en tinieblas (Jn 12, 46).

La fe es un tesoro que hemos recibido de Dios, de la Iglesia y de nuestra familia. Y que algunos no han sabido o no han querido conservar y engrandecer. Sin ella no nos salvamos (Mc 16,16). Según san Juan, la fe consiste en creer en Jesucristo (Jn 3, 15); en recibirlo (1, 12); en escucharlo (5, 40), en seguirlo (8, 12); en permanecer en Él (15, 4-5), en su palabra (8, 31), en su amor (15, 9). Y así es como por la fe conocemos a Dios. Creer en El evangelio es condición indispensable para entrar en el Reino (Mc 1, 15).

La fe en Jesús realiza milagros (Mt 13, 58), sana y salva (Mc 5, 34). Por eso sin la fe es imposible agradar a Dios (Hb 11,6), y quien persevera en ella, obtendrá la vida eterna (Mt 10,22). Por supuesto que nadie está obligado a creer, es un acto libre y amoroso que sólo el hombre es capaz de hacer.

Lo que la Escritura nos dice es que Dios nos llama, pero sin coaccionar a nadie. Es la fe la que nos lleva a abandonarnos en las manos de Dios, pues sabemos de quién nos fiamos, Y dejamos nuestra suerte en sus manos, seguros y ciertos de que su bondad y misericordia nos acompañan todos los días de nuestra vida.


Las dificultades ponen a prueba nuestra fe y esperanza. La fe nos da nuevos ojos, para ver con los ojos de la fe a Jesús como lo vieron los discípulos. Guiarse por la fe es confiar en Dios, creer en lo que dice y hace. La fe compromete nuestra vida con lo que creemos.

No sirve una fe muerta, sino viva (St 2,14-26), por las obras y no por la fe se justifica la persona (St 2,24). Y la fe tiene que estar encarnada en el aquí, en nuestra historia. Es una pena ver como en pueblos cristianos se da una gran incoherencia. Para que sea viva necesita alimentarse de la palabra, de la oración y sacramentos y fortificarla en la vida.

El crecimiento de la fe es un proceso, como lo es el amor y la esperanza. 

 

lunes, 27 de junio de 2016

Lo ordinario.

La santidad no consiste en hacer grandes obras, sino más bien la santidad consiste en hacer extraordinariamente bien lo ordinario y común de todos los días.
Si esto no fuera así, el Señor no nos habría mandado a ser santos, porque eso sería un logro sólo de elegidos, de grandes apóstoles y no de gente común como nosotros.
Pero no. Dios nos llama a todos los hombres a la santidad, y podemos ser santos cumpliendo y haciendo con amor las cosas de todos los días.
Es propio del demonio tentarnos. Él cumple su misión malvada. ¡Cuántas veces nos habrá sugerido que podríamos ser más santos y mejores si estuviéramos en otro estado de vida! Y así a los religiosos los tienta con la idea de que serían más felices en el matrimonio. En cambio a los casados los prueba con la tentación de que la vida religiosa es más perfecta y deberían haberla abrazado.
El diablo es desorden y quiere llevar el desorden a todas partes. Por eso si tratamos de ser ordenados en todo, le cerraremos la puerta en la cara al demonio, ya que si buscamos santificarnos en el lugar en que Dios nos ha puesto, y haciendo las cosas comunes de todos los días, entonces ya tenemos mucho a nuestro favor, y Dios estará contento de nosotros, y seremos felices ya en este mundo. Porque muchas veces la infelicidad suele venir porque deseamos el mar cuando Dios nos ha puesto en la laguna, y así dejamos pasar los días y los momentos actuales y comunes de cada día, añorando algo que no es para nosotros quizás.
Es bueno ir buscando desafíos, pero mientras tanto hagamos con amor y a la perfección las cosas de todos los días, sabiendo que en el cumplimiento de nuestro deber de estado está la santidad.
No nos dejemos distraer por los ensueños que nos pone el demonio o nuestra imaginación, llamada por los maestros espirituales “la loca de la casa”.
Pensemos en la Virgen. Nadie es más santo que Ella, sino sólo Dios. Y sin embargo María no hizo milagros ni grandes apostolados, ni obras grandiosas. Sino que la Virgen hizo de manera extraordinaria lo que Dios le iba pidiendo a cada momento de su vida, hizo lo ordinario de todos los días y con mucho amor.
Hagamos también nosotros esto que hizo la Virgen, y viviremos felices en este mundo, nos santificaremos, y alcanzaremos la gloria en el más allá.
Y para terminar, colocamos aquí tres frases de San Francisco de Sales, que confirman lo que hemos meditado:
"Para ir a Dios hay muchos caminos quizás más excelentes que el que nosotros seguimos; reconozcamos su excelencia, pero pongamos todo nuestro empeño en progresar en el camino en que Dios nos puso, porque allí es donde Él nos quiere".
"La santidad se encuentra en el camino que nos abre cada uno de nuestros días, en que se ofrecen a nosotros, con atractivo desigual, los deberes de nuestra vida cotidiana".
"Es el amor lo que da precio a todas nuestras obras; no es por la grandeza y multiplicidad de nuestras obras por lo que agradamos a Dios, sino por el amor con que las hacemos".
Virgen tendiendo ropa

sábado, 25 de junio de 2016

María, causa de nuestra alegría
Si queremos vivir alegres, en un ambiente de tristeza, ¿por qué no contamos más con María?

Autor: Pedro García, misionero claretiano | Fuente: Catholic.net

Se ha observado muchas veces dentro de nuestro entorno religioso que las almas amantes de la Virgen María gozan y esparcen una alegría especial. Es un hecho comprobado y que nadie puede negar. La Virgen arrastra a multitudes hacia sus santuarios. Ante su imagen se congregan las gentes con flores, con velas, y rezan y cantan con fervor y entusiasmo inigualable. Y sobre ese ambiente flota un aire de paz y de alegría que no se da en otras partes. ¿Por qué será?... Una respuesta nos sale espontánea de los labios, y no nos equivocamos: ¡Pues, porque están con la Madre!...

Si esta es la razón más poderosa. Entonces, si queremos vivir alegres, y ser además apóstoles de la alegría para desterrar de las almas la tristeza, ¿por qué no contamos más con María?...

Partamos de la realidad familiar. Se trata de un hogar bien constituido. La madre ha sido siempre el corazón de ese hogar y los hijos se han visto siempre también amparados por el calor del corazón más bello que existe. ¿Puede haber allí tristeza?...
Aún podemos avanzar un poco más en nuestra pregunta, y plantear la cuestión de otra manera diferente.

Se trata de un hijo que viene con un fracaso espantoso, del orden que sea. No sabe dónde refugiarse. Pero llega a la casa y se encuentra con la madre que le está esperando. ¿Cabrá allí la desesperación? ¿Dejarán de secarse las lágrimas de los ojos? ¿Volverán los labios a sonreír?...

Todas estas cuestiones están de más. Sabemos de sobra que el amor de una madre no falla nunca. Y al no fallar su amor, al lado de ella la tristeza se hace un imposible.
Esto que nos pasa a todos en el seno del hogar cuando contamos con la bendición de una madre, es también la realidad que se vive en la Iglesia. Dios ha querido que en su Iglesia no falte la madre, para que en esa casa y en ese hogar del cristiano, como es la Iglesia, no sea posible la tristeza, pues se contará en ella con el ser querido que es siempre causa de alegría.

Por eso Cristo, moribundo en la Cruz, declaró la maternidad espiritual de María, nos la dio por Madre, y nosotros la aclamamos gozosos: ¡Madre de la Iglesia!.
Por eso el pueblo cristiano, con ese instinto tan certero que tiene --como que está guiado por el Espíritu Santo-- llama a María Causa de nuestra alegría.

Unos jóvenes ingeniosos, humoristas y cristianos fervientes, hicieron suyo un eslogan publicitario, que aplicaron a María y lo cantaban con ardor:
- Y sonría, sonría, con la protección de la Virgen cada día.
Habían cambiado el nombre de una pasta dentífrica por el nombre más hermoso, el de la Virgen. ¡Bien por la imaginación de nuestros simpáticos muchachos!...

Esos jóvenes cantaban de este modo su ideal y pregonaban por doquier, de todos modos y a cuantos quisieran oírles, su amor a la más bella de las mujeres.

Amar a la Virgen es tener el alma llena de juventud, de ilusiones, de alegría. Un amar que lleva a esparcir siempre en derredor ese optimismo que necesita el mundo.

Amar y hacer amar a la Virgen alegra forzosamente la vida. La mujer es el símbolo más significativo del amor, el ser más querido del amor, el difusor más potente del amor.

Y mujer como María no hay, la mujer más bella salida de la mano de Dios.
María, al dar amor, llenará de alegría, de canciones y de flores el mundo; porque, donde existe el amor, no mueren ni menguan nunca la felicidad, la belleza, el cantar...

Alegría y cantar de los que el mundo moderno está tan necesitado.
Alegría la más sana. Cantar el más puro a la más pura de las mujeres.
Con María, las caras aparecen radiantes, con la sonrisa siempre a flor de labios, como un rayo primaveral.
Ser apóstol de María es ser apóstol de la felicidad.

Llevemos María al que sufre soledad, y le haremos sonreír.
Llevemos María al tímido, y lo convertiremos en decidido y emprendedor.
Llevemos María al triste, y el que padece comenzará a disfrutar.
Llevemos María al anciano, y lo veremos volver a los años felices de la juventud.
Llevemos María al pecador, y veremos cómo el culpable vuelve muy pronto a su Dios.
Llevemos María a nuestro propio hogar, y veremos lo que será nuestra familia con dos madres juntas, que no son rivales celosas, sino dos amigas inseparables.
Llevemos María a nuestros amigos, ¡y sabremos lo que es amarnos con una mujer como Ella en medio del grupo!...

Hemos dicho antes que la piedad cristiana, siempre conducida por el Espíritu Santo, llama a la Virgen: Causa de nuestra alegría.
No puede ser de otra manera. Porque María nos trae y nos da siempre a Jesús, el que es el gozo del Padre, el pasmo de los Angeles, la dicha colmada de los Santos.

Como los jóvenes aquellos, junto con la plegaria, tenemos siempre en los labios el nombre de María, y sabemos decirnos:
- Sonría, sonría, con la protección de la Virgen cada día....

lunes, 20 de junio de 2016


Rezar por los enemigos, la perfección de la vida cristiana

14 de jun de 2016
Síntesis de la homilía del Papa en Casa Santa Marta para el martes 14 de junio

Saber rezar “por aquellos que no nos quieren” hará que mejoren los enemigos y nos hará a nosotros “más hijos del Padre”. Con esta reflexión el Papa concluyó su homilía de la Misa de la mañana celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta. Francisco analizó el pasaje del Evangelio en el que Jesús exhorta a los discípulos a tender a la perfección de Dios, “que hace surgir su sol sobre malos y sobre buenos”.
“Ustedes han oído que se dijo, pero yo les digo”. La Palabra de Dios y dos modos inconciliables de entenderla: un árido elenco de deberes y prohibiciones o la invitación a amar al Padre y a los hermanos con todo el corazón, llegando al culmen de rezar por el propio adversario.
Es la dialéctica de la confrontación entre los doctores de la ley y Jesús, entre la Ley propuesta de modo esquemático al pueblo judío por sus jefes y la “sabiduría” de aquella misma Ley que Cristo afirma que ha venido a traer. El Santo Padre reafirmó una convicción ya expresada en otras ocasiones: cuando Jesús inicia su predicación, contrastado por sus adversarios, “la explicación de la Ley en aquel estaba en crisis”:
“Era una explicación demasiado teórica, casuística; digamos que era una ley en la que no existía el corazón propio de la Ley, que es el amor de Dios, que nos ha dado a nosotros. Por esto el Señor repite lo que estaba escrito en el Antiguo Testamento: el Mandamiento más grande, ¿cuál es? Amar a Dios, con todo el corazón, con todas tus fuerzas, con toda el alma, y al prójimo como a ti mismo. Y en la explicación de los Doctores de la Ley esto no estaba tanto en el centro. En el centro estaban los casos: ¿pero se puede hacer esto? ¿Hasta qué punto se puede hacer esto? ¿Y si no se puede?... La casuística propia de la Ley. Y Jesús toma esto y retoma el verdadero sentido de la Ley para llevarlo a su plenitud”.
El Pontífice puso de manifiesto que Jesús ofreció tantos ejemplos para mostrar los Mandamientos bajo una nueva luz. “No matar” – afirmó Francisco – también puede querer decir no insultar a un hermano y adelante, hasta poner de manifiesto cómo el amor es siempre “más generoso que la letra de la Ley”:
“Es un trabajo que no es sólo un trabajo para el cumplimiento de la Ley, sino que es un trabajo de curación del corazón. En esta explicación que Jesús hace sobre los Mandamientos – sobre todo en el Evangelio de Mateo – hay un camino de curación: un corazón herido por el pecado original – todos nosotros tenemos el corazón herido por el pecado, todos – debe ir por este camino de curación, y curar para asemejarse al Padre, que es perfecto: ‘Sean perfectos como es perfecto Su Padre Celestial’. Un camino de curación para ser hijos como el Padre”.
Y la perfección que Jesús indica es la contenida en el pasaje del día correspondiente al Evangelio de Mateo. Han oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo” y odiarás a tu enemigo. Pero yo les digo: amen a sus enemigos y recen por aquellos que los persiguen”. “Es el último escalón” de este camino – afirmó el Papa – el más difícil. Francisco recordó que de chico, pensando en uno de los grandes dictadores de la época, se solía rezar que Dios le reservara pronto el infierno. En cambio – concluyó –  “Dios pide un examen de conciencia”:
“Que el Señor nos de la gracia, sólo ésta: rezar por los enemigos; rezar por aquellos que no nos quieren, que no nos quieren; rezar por aquellos que nos hacen el mal, que nos persiguen. Y cada uno de nosotros sabe el nombre y el apellido: rezo por esto, por esto, esto, por esto... Yo les aseguro que esta oración hará dos cosas: a él lo hará mejorar, porque la oración es potente, y a nosotros nos hará más hijos del Padre”.
fuente: Radio Vaticana

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Desagravio a la Mare de Deu, la advocación amada por el pueblo valenciano

17 de jun de 2016
La imagen había sido utilizada, junto a la de Montserrat, como reclamo de una campaña televisiva blasfema, amparada en la diversidad LGTB, aunque de esa campaña grosera y sacrílega incluso las asociaciones LGTB se desmarcaron.

Decenas de miles de personas han participado esta tarde en el acto de desagravio a la Virgen de los Desamparados convocado por el cardenal arzobispo de Valencia tras la profanación de la imagen de la patrona de Valencia y de la Virgen de Monserrat en una campaña publicitaria sacrílega.
Tanto la Plaza de la Virgen como luego la Catedral se han visto abarrotadas por una multitud que, en el caso de la catedral, la llenaba en todos sus bancos una hora antes. En el caso de la Plaza de la Virgen, los devotos la han llenado y han colapsado la entrada por la calle Miguelete así como las calles adyacentes a la propia Plaza.
El gentío ha imposibilitado que la imagen de la Virgen peregrina llegara hasta el lugar previsto, entre las dos puertas de la Basílica y ha quedado situada delante de una de ellas, desde la que el cardenal ha dirigido el rezo del Rosario, acompañado por los obispos de Orihuela-Alicante, monseñor Jesús Murgui, y Segorbe-Castellón, monseñor Casimiro López, y el obispo auxiliar de Valencia, monseñor Esteban Escudero.
La llegada de la Virgen a la plaza ha sido acogida con una ovación de varios minutos y vítores y piropos. Posteriormente, en la Catedral de Valencia, han concelebrado la misa ocho obispos. Además de monseñores Murgui, López y Escudero, los titulares de las diócesis de Tortosa, Enrique Benavent, Alcalá de Henares, monseñor Juan Antonio Reig, y los obispos eméritos de Lleida, monseñor Joan Piris; de Zaragoza, monseñor Manuel Ureña, y de el Ferrol, monseñor José Gea Escolano, y un centenar de sacerdotes, la procesión de entrada ha sido acogida con otra ovación continuada cuando ha aparecido el cardenal Cañizares.
Los aplausos le han acompañado hasta el presbiterio, desde donde ha tenido aún que pedir silencio tras varios minutos de ovación para poder iniciar la misa, que ha concluido con el himno de la Virgen de los Desamparados coreado por todos los fieles.
fuente: Paraula

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