miércoles, 23 de julio de 2014

Cristianismo...religión para valientes
No nos acobardemos, no tengamos miedo, al contrario, nos hemos de sentir orgullosos de ser y profesar el ser cristianos.
Autor: María Esther de Ariño | Fuente: Catholic.net



"Hace muchos, muchos años..." así empezaban los cuentos de antaño, pero esto no es un cuento sino una tremenda y dolorosa realidad, los primeros cristianos fueron perseguidos y martirizados de una y mil maneras de lo más bárbaras e inhumanas: encarcelados, torturados, decapitados y así murieron los primeros testigos de Cristo y después... una serie incontable de seres humanos, a través de los siglos han derramado su sangre sobre la faz de la Tierra por dar testimonio de su fe y por querer seguir con el mandato, que a todos nos obliga y que Cristo nos dejó: ¡Id, por el mundo y predicar el Evangelio!

Se escondían en catacumbas para celebrar la Santa Misa y repartir la Eucaristía, pero llenos de valor con la presencia del Espíritu Santo en sus corazones, salían a dar evidencia, cumpliendo la petición que el Maestro les dejara al partir, para reunirse ya resucitado, con su Padre.

Hoy, a muchos años de distancia, tanto como algo más de 20 siglos, seguimos viendo que aquello que dijo Jesús:

Si el mundo os odia, sabed que a mi me ha odiado antes que a vosotros. Si fueraís del mundo, el mundo amaría lo suyo ,porque yo al elegirlos os he sacado del mundo, por eso os odia el mundo. Si a mi me han perseguido también os perseguirán a vosotros. Pero todo esto lo harán por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado. E incluso llegará la hora en que todo el que os mate piense que da culto a Dios. Y lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mi. Os he dicho esto para cuando llegue la hora, os acordeís de que yo ya os lo había dicho (Juan 15, 14-16) .

Y esto se hace verdad a través del tiempo y hasta nuestros días. El Santo Papa Juan Pablo II llevó a los altares a muchos mártires mexicanos y a sacerdotes, religiosas y laicos de la Guerra Civil española y del mundo entero.

Constante y tristemente nos llegan noticias, de cómo en algunas aldeas en lejanos países mueren asesinados por defender la religión católica... La sangre sigue y seguirá derramándose hasta el final de lo tiempos porque las palabras de Cristo se cumplen.

Al Papa Francisco le duele el corazón y sufre por sus hijos, a nosotros, tan lejanos de esa tierras, también.

Y no siempre se llega al extremo de derramamiento de sangre, porque gracias a Dios, no en todo el mundo los seres humanos son perseguidos por su fe, pero de una u otra forma, aunque se vive en naciones donde hay libertad de cultos, a veces nos duelen las burlas y los comentarios de personas que nos tildan de anticuados y "mochos" por nuestro modo de pensar y de vivir.

No nos acobardemos, no tengamos miedo, al contrario, nos hemos de sentir orgullosos de ser y profesar el ser cristianos.

Y llenos de paz y de alegría recordemos siempre las palabras de Cristo al decirnos:- Por todo aquel que se declare por mi ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quién me niegue ante los hombres, lo negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos. (Mateo 10, 32. Lucas, 12, 8-9.)

martes, 22 de julio de 2014


María Magdalena, la enamorada de Dios
El amor de María Magdalena a Cristo fue un amor total. "Para mí la vida es Cristo" 
Autor: Juan J. Ferrán, L.C. | Fuente: Catholic.net


Realmente nos encontramos en el Evangelio a un personaje muy especial del que nos pareciera saberlo todo y del que casi no sabemos nada: María Magdalena. Magdalena no es un apellido, sino un toponímico. Se trata de una María de Magdala, ciudad situada al norte de Tiberíades. Sólo sabemos de ella que Cristo la libró de siete demonios (Lc 8, 2) y que acompañaba a Cristo formando parte de un grupo grande mujeres que le servían. Los momentos culminantes de su vida fueron su presencia ante la Cruz de Cristo, junto a María, y, sobre todo, el ser testigo directo y casi primero de la Resurrección del Señor. A María Magdalena se le ha querido unir con la pecadora pública que encontró a Cristo en casa de Simón el fariseo y con María de Betania. No se puede afirmar esto y tampoco lo contrario, aunque parece que María Magdalena es otra figura distintas a las anteriores. El rostro de esta mujer en el Evangelio es, sin embargo, muy especial: era una mujer enamorada de Cristo, dispuesta a todo por él, un ejemplo maravilloso de fe en el Hijo de Dios. Todo parece que comenzó cuando Jesús sacó de ella siete demonios, es decir, según el parecer de los entendidos, cuando Cristo la curó de una grave enfermedad.


María Magdalena es un lucero rutilante en la ciencia del amor a Dios en la persona de Jesús. ¿Qué fue lo que a aquella mujer le hechizó en la persona de Cristo? ¿Por qué aquella mujer se convirtió de repente en una seguidora ardiente y fiel de Jesús? ¿Por qué para aquella mujer, tras la muerte de Cristo, todo se había acabado? María Magdalena se encontró con Cristo, después de que él le sacara aquellos "siete demonios". Es como si dijera que encontró el "todo", después de vivir en la "nada", en el "vacío". Y allí comenzó aquella historia.

El amor de María Magdalena a Jesús fue un amor fiel, purificado en el sufrimiento y en el dolor. Cuando todos los apóstoles huyeron tras el prendimiento de Cristo, María Magdalena estuvo siempre a su lado, y así la encontramos de pié al lado de la Cruz. No fue un amor fácil. El amor llevó a María Magdalena a involucrarse en el fracaso de Cristo, a recibir sobre sí los insultos a Cristo, a compartir con él aquella muerte tan horrible en la cruz. Allí el amor de María Magdalena se hizo maduro, adulto, sólido. A quien Dios no le ha costado en la vida, difícilmente entenderá lo que es amarle. Amor y dolor son realidades que siempre van unidas, hasta el punto de que no pueden existir la una sin la otra.


El amor de María Magdalena a Cristo fue un amor total. "Para mí la vida es Cristo", repetiría después otro de los grandes enamorados de Cristo. Comprobamos este amor en aquella escena tan bella de María Magdalena junto al sepulcro vacío. Está hundida porque le han quitado al Maestro y no sabe dónde lo han puesto. La muerte de Cristo fue para María un golpe terrible. Para ella la vida sin Cristo ya no tenía sentido. Por ello, el Resucitado va enseguida a rescatarla. Se trata seguro de una de las primeras apariciones de Cristo. Era tan profundo su amor que ella no podía concebir una vida sin aquella presencia que daba sentido a todo su ser y a todas sus aspiraciones en esta vida. Tras constatar que ha resucitado se lanza a sus pies con el fin de agarrarse a ellos e impedir que el Señor vuelva a salir de su vida.

El amor de María Magdalena a Cristo fue un amor de entrega y servicio. Nos dice el Evangelio que María Magdalena formaba parte de aquel grupo de mujeres que seguía y servía a Cristo. El amor la había convertido a esta mujer en una servidora entregada, alegre y generosa. Servir a quien se ama no es una carga, es un honor. El amor siempre exige entrega real, porque el amor no son palabras solo, sino hechos y hechos verdaderos. Un amor no acompañado de obras es falso. Hay quienes dicen "Señor, Señor, pero después no hacen lo que se les pide". María Magdalena no sólo servía a Cristo, sino que encontraba gusto y alegría en aquel servicio. Era para ella, una mujer tal vez pecadora antes, un privilegio haber sido elegida para servir al Señor.


El amor de María Magdalena a Cristo constituye para nosotros una lección viva y clarividente de lo que debe ser nuestro amor a Dios, a Cristo, al Espíritu Santo, a la Trinidad. Hay que despojar el amor de contenidos vacíos y vivirlo más radicalmente. Hay que relacionar más lo que hacemos y por qué lo hacemos con el amor a Dios. No debemos olvidar que al fin y al cabo nuestro amor a Dios más que sentimientos son obras y obras reales. El lenguaje de nuestro amor a Dios está en lo que hacemos por Él.

En primer lugar, podemos vivir el amor a Dios en una vida intensa y profunda de oración, que abarca tanto los sacramentos como la oración misma, además de vivir en la presencia de Dios. En estos momentos además nuestra relación con Dios ha de ser íntima, cordial, cálida. Hay que procurar conectar con Dios como persona, como amigo, como confidente. Hay que gozar de las cosas de Dios; hay que sentirse tristes sin las cosas de Dios; hay que llegar a sentir necesarias las cosas de Dios.

En segundo lugar, tenemos que vivir el amor a Dios en la rectitud y coherencia de nuestros actos. Cada cosa que hagamos ha de ser un monumento a su amor. Toda nuestra vida desde que los levantamos hasta que nos acostamos ha de ser en su honor y gloria. No podemos separar nuestra vida diaria con sus pequeñeces y grandezas del amor a Dios. No tenemos más que ofrecerle a Dios. Ahí radica precisamente la grandeza de Dios que acoge con infinito cariño esas obras tan pequeñas. De todas formas la verdad del amor siempre está en lo pequeño, porque lo pequeño es posible, es cotidiano, es frecuente. Las cosas grandes no siempre están al alcance de todos. Además el que es fiel en lo pequeño, lo será en lo mucho.


Y en tercer lugar, tenemos que vivir el amor a Dios en la entrega real y veraz al prójimo por Él. "Si alguno dice: Yo amo a Dios y odia a su hermano, es un mentiroso, pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no pude amar a Dios a quien no ve" (1 Jn 4,20). El amor a Dios en el prójimo es difícil, pero es muchas veces el más veraz. Hay que saber que se está amando a Dios cuando se dice NO al egoísmo, al rencor, al odio, a la calumnia, a la crítica, a la acepción de personas, al juicio temerario, al desprecio, a la indiferencia, a etiquetar a los demás; y cuando se dice SÍ a la bondad, a la generosidad, a la mansedumbre, al sacrificio, al respeto, a la amistad, a la comprensión, al buen hablar. La caridad con el prójimo va íntimamente ligada a la caridad hacia Dios. Es una expresión real del amor a Dios.

Mosul; «Los islamistas entran a las casas y se llevan todo. Es un genocidio»

20 de jul de 2014
El llamado de mons. Nona, arzobispo caldeo de la ciudad: «Que el mundo nos ayude»
Los cristianos en la mira de los islamistas
«Este es un nuevo genocidio; nuestra denuncia debe ser fuerte». El dramático llamado es de monseñor Amel Nona, arzobispo caldeo de Mosul, la ciudad de la que están huyendo miles de cristianos después de la nueva oleada de persecución desatada por los jihadistas del Estado Islámico. A pocas horas de que comience la represión anunciada, se reunió en Ankawa, a pocos kilómetros más allá de la frontera con el Kurdistán iraquí, con otros líderes religiosos cristianos del centro y del norte de Irak: Bashar Matiwardah, arzobispo de Erbil, y Nichodemus Daoud Matti Sharaf, de la Iglesia ortodoxa de Mosul, Kirkuk y Kurdistán. El objetivo fue el de unir sus fuerzas para demostrar al mundo lo que está sucediendo en la región, «el enésimo episodio de la persecución de los cristianos que prosigue desde 1913».
 
 
 
 
 
 
 
«Las cosas –explicó– precipitaron el viernes; comenzamos a recibir una enorme cantidad de llamadas desde Mosul y alrededores de personas que pedían ayuda y consejo: la policía islámica y el Isil habían puesto en marcha una caceríad e cristianos y, al interceptarlos, les ofrecían dos opciones: huir o morir». El religioso narra además que los jihadistas hicieron irrupción en las casas y se llevaron todo lo que encontraron: pasaportes, documentos, dinero, joyas y celulares. «Cientos de familias fueron despojadas de todos sus bienes antes de ser expulsadas de la ciudad; otros fueron golpeados en el “check-point” de los islamistas mientras estaban huyendo».



En cuanto al signo escrito en la puerta de las casas de los cristianos (“Nazrainy”) para identificarlos con desprecio, el religioso indicó: «Es por ello que es un nuevo genocidio». El primer paso es denunciar al mundo lo que está sucediendo y después proceder inmediatamente para ayudar a los desplazados. El primer grupo es de alrededor de 2500 personas. «Ya hemos acogido a unas 50 familias en una de nuestras Iglesias de Al Qosh», cerca de Tall Kayf, la llamada “tierra de frontera”, esa línea de fuego en la que la distancia entre el último “check point” Peshmerga y el primero del Estado Islámico es de solo un kilómetro. Desde allí huyen los cristianos gracias a los corredores de seguridad creados por los “Guerreros que ven la muerte” y Unicef. 
 
 
 
 
 
Marzio Babile, responsable de Unicef en Irak, quiso reunirse con Nona, «para coordinar las operaciones de primeros auxilios y poner a salvo a los perseguidos». Babile explica que hoy podrían llegar 900 desplazados a Ankawa, ciudad al norte de Erbil. «La tragedia dentro de la tragedia», prosigue el arzobispo de Mosul. «El 4 de junio fui a celebrar misa a una parroquia fuera de Mosul; al día siguiente traté de volver a la ciudad, pero se desencadenó lo que hemos visto». Y que no ha acabado. Desde entonces, Nona no ha vuelto a Mosul y ayuda a sus compatriotas desde afuera, recibiéndolos: «Entonces les dije que lo peor estaba todavía por venir. Y es así».
 


lunes, 21 de julio de 2014

El pecado trampolín para la santidad
Un pecado nos apena porque ofendimos a Dios, porque pisoteamos nuestra conciencia, porque dañamos a otros.
Autor: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net



Un pecado nos apena. Porque ofendimos a Dios, porque pisoteamos nuestra conciencia, porque dañamos a otros (aunque no nos demos cuenta), porque herimos a la Iglesia.

Desde esa pena, si tenemos confianza y nos abrimos a la gracia divina, surge el arrepentimiento. Llega la hora de pedir perdón. Entonces acudiremos al sacramento de la confesión, y tomaremos un generoso propósito de enmienda.

Pero a veces el pecado deja en nuestras almas la idea de que ya no podemos ser santos. Quizá habíamos trabajado por un tiempo para evitar un pecado, para extirpar una mala tendencia y para ser más buenos. Un momento de rabia, un pacto con el placer, una ambición que nos impidió ayudar a un pobre, y un nuevo pecado apareció en nuestras vidas: ¡otra vez caímos!

Se insinúa en nuestro interior una voz engañosa: la santidad no es para ti, no vas a poder, el mal siempre acaba por imponerse en tu alma, eres demasiado frágil...

Esa voz puede surgir desde el orgullo herido: pensábamos que aquel defecto ya estaba superado, y de repente renace con una fuerza que confunde y entristece. O puede surgir desde el demonio, experto en desalentar y mentir, hasta el punto de insinuar que ni siquiera Dios puede perdonarnos.

Necesitamos romper con ese orgullo destructor y cerrar los oídos a la voz del diablo. Porque para el cristiano el pecado no es nunca algo irremediable. Existe la gracia, existe la misericordia, existe un Dios Padre que envió a su Hijo y derramó el Espíritu Santo.

Entonces es posible algo maravilloso: ese pecado que para muchos parece un obstáculo para la santidad se convierte en un medio que nos conduce a ella. ¿Cómo? Porque nos hace humildes, nos acerca a Dios, nos permite acoger su misericordia.

Se hace realidad aquella maravillosa idea que expresó san Pablo desde la experiencia de su propia vida: "donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia" (Rm 5,20). O lo que dijo en otro de sus textos: "cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte" (2Co 12,10).

De esta manera, el pecado se convierte en un auténtico trampolín para la santidad. No porque sea un medio para mejorar (nunca hemos de escoger el pecado en sí mismo), sino porque Dios es tan bueno que se vuelca con un cariño inmenso sobre el pecador arrepentido.

He pecado, lo confieso con pena. Acudo a Dios, acojo su perdón, me dejo guiar por su gracia. Entonces se produce el milagro: brilla la esperanza, la santidad está más cerca, y hay banquete de fiesta en el Reino de los cielos...

Mensaje a los Apóstoles de la Inmaculada

Ejemplos del rezo de las Tres Avemarías. 
Ejemplo 10. 
Resistencia vencida 
“En Zaragoza (España), hace años, un día, por no sé qué extraña coincidencia, aunque estaba abierto el templo de Nuestra Señora del Pilar, y era posible la oración en el mismo, la Virgen está sola en su Capilla, de pie sobre el secular trono de jaspe recubierto de plata. Parece esperar con majestad de Reina y amor de Madre a alguno de sus hijos con quien quiere mantener secreta audiencia. Por esto ha despejado por  unos momentos la multitud de devotos que suele disputarse los escasos huecos de la alta reja que cierra el Sancta Sanctorum de la Angélica Capilla.
En un confesionario próximo hay sentado un Padre de la Compañía de Jesús, en espera de ejercer su ministerio. Ya iba a levantarse en vista de que no había penitentes que atender allí, cuando ve de pronto que un oficial del ejército se arrodilla a los pies de la Virgen. Le observa, y advierte en él una gran turbación reflejada en su semblante y en todo su cuerpo, no mostrando el fervor del peregrino, ni la admiración del artista, sino más bien la lucha interna del alma, a quien dice Dios como a Saulo: “Es duro para ti golpear contra el aguijón”...
El confesor espera. Baja los ojos para orar con más recogimiento; y vuelve a levantarlos por si hay novedad. Pero el oficial del ejército se ha marchado. La Virgen está de nuevo sola... Baja los ojos el jesuita, y otra vez a poco los levanta y ve al militar que ha vuelto a ocupar su puesto, con más turbación que antes. Otra vez después desaparece; y otra vez vuelve a aparecer. Una nueva desaparición del misterioso militar hace perder al buen Padre las esperanzas de intervenir, y decididamente se levanta para salir del confesionario. Pero en ese mismo momento se presenta el oficial a su lado en ademán de detenerle.
Espere, por favor, le dice: quiero confesarme, y antes de hacerlo le voy a contar lo que me pasa... Hace muchos años que vivo alejado de la Iglesia; pero nunca he podido olvidar dos encargos que me hizo mi querida madre, en la hora de su muerte: rezar diariamente tres Avemarías, y hacer una visita, en Zaragoza, a la Santísima Virgen del Pilar. Lo primero nunca he dejado de cumplirlo (recé todos los días las tres Avemarías); lo segundo lo he querido hacer en llegando a Zaragoza, aunque sentía tentaciones de dilatarlo. Y orando a los pies de Nuestra Señora, he oído una voz que me decía: “confiésate”, y aunque no vi en la Capilla criatura humana que me lo pudiera decir, he respondido: “no quiero”... “Confiésate”, he oído decir por segunda vez, y he respondido: “antes morir”... ¡Cómo había de confesarme yo que tanto he hablado contra la confesión!... “Confiésate o mueres”, me dice la voz misteriosa por tercera vez... Dos veces, durante esta lucha, me he levantado para salir de la iglesia, y he dado algunos pasos fuera de la Capilla, y otras dos veces he vuelto a los pies de la Virgen del Pilar. Después de este tercer aviso, ya no puedo resistir más. Por tanto, Padre, voy a confesarme; treinta y seis años hace que no lo hago...
Largo rato duró la confesión. Luego, a pesar de la humilde resistencia del penitente, el Padre le obligó a acercarse a la sagrada mesa y comulgar. Y seguidamente se quedó el militar haciendo la guardia a su Reina y Madre... Pasó la tarde; sucediéronse uno a otro los rosarios, se cantaron los gozos, y el oficial continuaba inmóvil a los pies de la Virgen. Por fin llegó la hora de cerrar el Santuario, y el sacristán, que se vio obligado a avisarle para que saliera, pudo notar que el mármol del pavimento estaba humedecido con las lágrimas del penitente... Nada más se ha sabido de él; siendo de esperar que la Virgen Santísima, Medianera de todas las gracias, le haya obtenido la de la perseverancia.
El confesor refirió el caso a un respetable sacerdote que lo transmitió a la R. M. Superiora General de las Adoratrices, de cuyos labios lo hemos oído.” (P. Nazario Pérez, S. J. –Revista “El Propagador de las tres Avemarías”. –Padres Capuchinos. –Valencia. –Octubre de 1966.)
¡Ave María Purísima!
¡Sin pecado concebida!

domingo, 20 de julio de 2014

María y una pregunta de Jesús...
¿Quién es mi Madre? Pues, la que hizo la Voluntad de mi Padre y si queréis ser realmente mi hermano, mi hermana y mi madre, debes hacerte, hijo de esta Madre. 
Autor: Marír Susana Ratero | Fuente: Catholic.net




Madre, en la Misa de hoy se ha leído una parte del Evangelio que mucho me cuesta comprender... y me quedo mirando tu imagen, buscando en ti las palabras que no hallo.

Más, Tu siempre eres respuesta a tus hijos cuando la búsqueda es sincera, llena de amor y confianza..

Ven, hija- y te sigo... ya se hace costumbre al alma el seguirte, porque siempre tu compañía me deja mejor trazado el camino hacia Tu Hijo...

Llegamos a Cafarnaúm. Jesús está en casa. Se ha juntado tanta gente que ni siquiera puede comer.

Nos acercamos sin entrar. Nos quedamos junto a la puerta. Allí también se hallan los primos de Jesús (la palabra "hermano", en hebreo, abarca a los primos y parientes)

La gente reparó en ti. Es que tu presencia jamás pasa inadvertida para tus hijos.

La Llena de Gracia, la que ganó por humildad los más grandes regalos de amor del Padre.

La Llena de gracia y en la puerta... esperando, sin hacer ostentación de tus privilegios de Madre.

Y Jesús te ve... y saca de tu presencia una profunda enseñanza...

Le dice la gente "Tu Madre y tus hermanos te buscan, ahí afuera"

La escena es clara, la distancia prudente...

Y Jesús nos habla entonces acerca de ti...

¿Quién es mi Madre?- Y sus ojos brillan de manera especial... como haciendo eco a esta pregunta, como diciendo:

¿Sabéis vosotros quién es, realmente, esa simple mujer que todos conocen? ¿Sabéis acaso que Ella está en el Corazón del Padre desde antes de la Creación del mundo? ¿Sabéis que sólo en Ella hallé mi complacencia para venir del Padre hasta vosotros? ¿Conocéis que los días que habité en su purísimo vientre fueron los más serenos, los más parecidos a la Mansión del Padre de donde venía?

- ¿Quién es mi Madre?
-repite tu Hijo, María, y veo tu mirada baja, humilde, sencilla...

Y mirando a los que estaban sentados a su alrededor, sentados esperando una palabra, un camino... si, Tu Hijo, Madre, les habla a los que se acercan a El y allí se quedan, en espera, Tu Hijo les muestra el camino. El camino que Tú has recorrido...

Pues, la que hizo la Voluntad de mi Padre (y Jesús volvió a escuchar en su Corazón tus palabras de la Anunciación "Hágase en mi Su Voluntad") y si queréis ser realmente mi hermano, mi hermana y mi madre, debéis haceros, en vuestro corazón, hijos de esta Madre...

Extiendes tu Mano, Madrecita, buscando la mía, como siempre, como cada día aún cuando no lo noto, más aún cuando te creo ausente...

Miro a Jesús a los ojos y mi corazón susurra un "gracias" tembloroso y emocionado, un silencioso "gracias"" que Jesús escucha en las profundidades de mi alma...

Y me dejo llevar por Ti, María, para aprender, en Tu Corazón, el camino de la Voluntad del Padre...

Amiga mía, amigo mío que lees estas líneas. María tiende hacia ti su Mano. Tómala confiado, que Ella te llevará por un camino corto, perfecto, fácil y seguro, donde Jesús te espera para decirte "hermana mía, hermano mío"

viernes, 18 de julio de 2014

¿Me estoy haciendo viejo?
¡Cuántos personajes, cuántos seres queridos, de repente, han comenzado a desfilar en la pantalla de mi corazón! 
Autor: Marcelino de Andrés, L. C. y Juan Pablo Ledesma, L. C. | Fuente: Catholic.net



Revisando algunos cajones, he dado con este pensamiento. En la misma página aparecía un abuelo fumando en pipa. De sus frente cuelgan los años en arrugas. Su mirada es cansina, pero segura. Por momentos me parecía el protagonista de "El viejo y el mar".

No me he podido resistir y he soltado en mi interior las palomas de los recuerdos. ¡Cuántos personajes, cuántos seres queridos, de repente, han comenzado a desfilar en la pantalla de mi corazón! Y es que me parece un canto a la juventud fresca de nuestros mayores. Léelo despacio, con bastón, si lo necesitas. Percibirás una mirada más profunda, más luminosa de esa etapa final de la existencia terrestre. Son líneas de ilusión y de esperanza.


Me dicen que me estoy
haciendo viejo:
les diré que no es así.
La "casa" en que vivo,
ya sé, se está
deteriorando.
Eso ya lo sé.
Es que hace mucho
tiempo que la habito.
Ha pasado conmigo
muchas tormentas.
Ya está algo débil.

El techo está
cambiando de color.
Las ventanas ya están
un poco empañadas:
ya no se ve bien
hacia afuera.
Las paredes se sienten
débiles, quebradizas:
es que los cimientos ya
no están tan sólidos
como hace unos
cuantos años.
Mi "morada" se ha
vuelto temblorosa,
la estremecen el frío
del invierno, las noches
sin sueño.

Siento que estoy en
plena juventud,
ya que la Eternidad está
a un paso de mí,
una vida llena de vida,
sin posibilidad
de tristezas que
envejecen,
sin ausencias que nos
sacan canas,
sin dolor que atenta
contra la verticalidad
de nuestra existencia.

La Eternidad está a un
paso de mí.
Sin embargo mi "casa"
no soy todo yo.
Mis años, transcurridos
velozmente,
no me pueden hacer
viejo a mí,
alma siempre joven,
lozana y alegre.

Una inacabable vida de
gozo y de verdad.
Yo viviré allá
para siempre,
amando sin temor
de perder el Amor.
Y el Amor es la Vida:
¡que siga la vida!

¿Y decían que me
estoy haciendo viejo?
El que habita en mi
pequeña "casa"
está joven, lleno de luz
y de alegría,
principiando
justamente una vida
que durará, durará,
durará...
Ustedes solamente me ven
por fuera
y me repiten lo que
todos dicen:
anciano arrugado,
cabizbajo, trémulo,
lento...

Parece que se terminan
los horizontes.
No confundan mi
"casa" con lo que soy yo,
conmigo:
un nuevo amanecer,
horizonte con luz
indeficiente,
cielo de azul
indeclinable.
¡Que siga la vida!

¿Todavía dicen que me
estoy haciendo viejo?

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